Arqueología, mapeo aéreo y problemas éticos

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por CHRISTOPHER HERNÁNDEZ – Universidad Loyola, Chicago

Imaginen un avión cruzando el cielo a cientos de kilómetros por hora, lanzando millones de pulsos láser hacia un denso bosque tropical. El objetivo: mapear miles de kilómetros cuadrados, incluyendo el suelo bajo el dosel forestal, con gran detalle en cuestión de días.

Lo que antes era ciencia ficción, el lidar aéreo (detección y localización por luz), está transformando la forma en que los arqueólogos mapean los sitios. Algunos han elogiado esta técnica de mapeo como un método de prospección revolucionario.

Sin embargo, cuando se utiliza para escanear tierras indígenas y restos ancestrales, esta poderosa tecnología a menudo impulsa una agenda extractiva más preocupante. Como arqueólogo que ha trabajado con lidar y colaborado con personas que viven en áreas que han sido vigiladas desde el cielo, me preocupa que esta tecnología pueda desempoderar y cosificar a las personas, planteando un dilema ético para el campo de la arqueología.

El lado oscuro del lidar

El lidar es una tecnología de detección remota que utiliza la luz para medir distancias. Los sistemas aéreos funcionan disparando millones de pulsos láser por segundo desde un avión en movimiento. Para los arqueólogos, el objetivo es que una cantidad suficiente de esos pulsos se cuele por los huecos del dosel del bosque, rebote en el suelo y regrese a la fuente láser con energía suficiente para medir qué distancia recorrieron. Los investigadores pueden entonces utilizar programas informáticos para analizar los datos y crear imágenes de la superficie terrestre.

El poder de esta tecnología de mapeo ha provocado una oleada mundial de investigaciones, y algunas personas incluso piden el mapeo láser de toda la masa terrestre de la Tierra. Sin embargo, entre toda la emoción y el revuelo mediático, existen importantes cuestiones éticas que han pasado mayoritariamente desapercibidas.

Para mapear rápidamente regiones con gran detalle, los investigadores necesitan permiso nacional, pero no necesariamente local, para realizar un escaneo aéreo. Es similar a cómo Google puede mapear tu casa sin tu consentimiento.

En arqueología, un punto de debate es si es aceptable recopilar datos a distancia cuando a los investigadores se les niega el acceso sobre el terreno. Las zonas de guerra son casos extremos, pero hay muchas otras razones por las que los investigadores podrían tener restringido el paso a un lugar determinado.

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Por ejemplo, muchos nativos norteamericanos no confían ni quieren que los arqueólogos estudien sus restos ancestrales. Lo mismo ocurre con muchos grupos indígenas en todo el mundo. En estos casos, un escaneo láser aéreo sin el consentimiento local o de los descendientes se convierte en una forma de vigilancia, que permite a personas ajenas extraer artefactos y apropiarse de otros recursos, incluido el conocimiento sobre los restos ancestrales. Estos daños no son nuevos; los pueblos indígenas llevan mucho tiempo conviviendo con sus consecuencias. Un caso muy publicitado en Honduras ilustra lo conflictiva que puede ser la tecnología lidar.

La controversia de La Mosquitia

En 2015, el periodista Douglas Preston desató un frenesí mediático con su reportaje en National Geographic sobre el trabajo arqueológico en la región de La Mosquitia, en Honduras. Al unirse a un equipo de investigación que utilizó lidar aéreo, afirmó que los investigadores habían descubierto una “ciudad perdida”, conocida popularmente en Honduras como Ciudad Blanca. Preston describió el asentamiento recién mapeado y la zona circundante como “remotos y deshabitados… apenas estudiados y virtualmente desconocidos”.

Aunque las declaraciones de Preston podrían descartarse como otra historia de aventuras trepidantes destinada a popularizar la arqueología, muchos señalaron los efectos más preocupantes.

Los pueblos miskitu han vivido durante mucho tiempo en La Mosquitia y siempre han conocido los sitios arqueológicos dentro de sus tierras ancestrales. En lo que algunos llaman el “síndrome de Cristóbal Colón”, tales narrativas de descubrimiento borran la presencia, el conocimiento y la agencia indígena, al tiempo que permiten el despojo. Tras el revuelo mediático, la expedición, con todos los permisos requeridos, retiró artefactos de La Mosquitia.

En respuesta, MASTA (Mosquitia Asla Takanka–Unidad de la Moskitia), una organización dirigida por pueblos miskitu, emitió la siguiente declaración: “Nosotros [MASTA] exigimos la aplicación de los acuerdos/documentos internacionales relacionados con el proceso de consulta previa, libre e informada en la Muskitia, a fin de formalizar el modelo de protección y conservación propuesto por el Pueblo Indígena”.

Sus demandas, sin embargo, parecen haber sido ignoradas en gran medida.

La controversia de La Mosquitia es un ejemplo de una lucha global. El colonialismo ha cambiado un poco de apariencia, pero no terminó, y los pueblos indígenas han estado luchando durante generaciones. Hoy en día, los llamamientos al consentimiento y la colaboración en la investigación sobre las tierras y el patrimonio indígena son cada vez más fuertes, respaldados por marcos como la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas y el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo.

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Un camino colaborativo a seguir

A pesar de los dilemas que plantea el mapeo lidar aéreo, sostengo que es posible utilizar esta tecnología de una manera que promueva la agencia, la autonomía y el bienestar indígena. Como parte del Proyecto Arqueológico Mensabak, me he asociado con el pueblo Hach Winik, conocidos por los extraños como mayas lacandones, que viven en Puerto Bello Metzabok, Chiapas, México, para realizar investigaciones arqueológicas.

Metzabok forma parte de una Reserva de la Biosfera de la UNESCO, donde la investigación a menudo requiere múltiples permisos federales. Los lugareños protegen lo que, desde la perspectiva de los Hach Winik, no es una naturaleza cosificada sino un bosque vivo y consciente. Esta tierra es de propiedad comunal de los Hack Winik bajo acuerdos realizados con el gobierno federal mexicano.

Basándome en la metodología colaborativa del Proyecto Arqueológico Mensabak, desarrollé e implementé un proceso de consentimiento informado culturalmente sensible antes de realizar un escaneo láser aéreo.

En 2018, hablé por WhatsApp con el líder de la comunidad de Metzabok, llamado el Comisario, para discutir posibles investigaciones, incluida la posibilidad de un estudio de lidar aéreo. Acordamos reunirnos en persona y, tras nuestra discusión inicial, el Comisario convocó una asamblea, el foro público donde los miembros de la comunidad deliberan formalmente sobre los asuntos que les afectan.

En la asamblea, el fundador del Proyecto Arqueológico Mensabak, Joel Palka, y yo presentamos las investigaciones pasadas y propuestas. Los colegas locales nos animaron a utilizar imágenes atractivas y nos ayudaron a explicar conceptos en una mezcla de español y hach t’an, la lengua de los hach winik. Debido a que Palka domina el hach t’an y el español, pudo participar en todas las discusiones.

Fundamentalmente, nos aseguramos de discutir los posibles beneficios y riesgos de cualquier investigación propuesta, incluido un escaneo aéreo de la comunidad.

La sesión de preguntas y respuestas fue animada. Muchos asistentes dijeron que veían valor en mapear su bosque y el suelo bajo el dosel. Los miembros de la comunidad vieron el lidar como una forma de registrar su territorio e incluso promover un turismo responsable. Hubo cierta vacilación sobre la posibilidad de un aumento de los saqueos debido a la atención de los medios o cuando el gobierno federal publicara algunos de los datos cartográficos. Pero la mayoría de la gente se sentía preparada para esa posibilidad gracias a décadas de experiencia protegiendo su bosque.

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Al final, la comunidad dio formalmente su consentimiento para proceder. Aun así, el consentimiento es un proceso continuo, y uno debe estar preparado para detenerse en cualquier momento si la parte que consiente retira el permiso.

El lidar aéreo puede beneficiar a todas las partes

Con demasiada frecuencia, según mi experiencia, los arqueólogos permanecen ajenos, o incluso a la defensiva, cuando se enfrentan a cuestiones de opresión indígena y consentimiento en la investigación con lidar aéreo.

Pero otro camino es posible. La obtención de un consentimiento informado culturalmente sensible podría convertirse en una práctica estándar en la investigación con lidar aéreo. Las comunidades indígenas pueden convertirse en colaboradoras activas en lugar de ser tratadas como objetos pasivos.

En Metzabok, nuestro proyecto de mapeo aéreo fue un acto de construcción de relaciones. Demostramos que la ciencia de vanguardia puede alinearse con la autonomía y el bienestar indígena cuando se basa en el diálogo, la transparencia, el respeto y el consentimiento.

El verdadero reto no es mapear más rápido o con más detalle, sino si los investigadores pueden hacerlo de forma justa, humana y con una mayor rendición de cuentas ante los pueblos cuyas tierras y restos ancestrales estudiamos. Si se hace bien, el lidar aéreo puede desencadenar una verdadera revolución, alineando la ciencia y la tecnología occidentales con el futuro de los indígenas.

The Conversation. Traducción: Horacio Shawn-Pérez.

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Observatorio de ciencias antropológicas.

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