
por ALINA KLINGSMEN – Universidad de Pensilvania
Durante décadas, la lucha contra la pobreza se organizó alrededor de una idea tan evidente como incompleta: la pobreza es, ante todo, una carencia material. Falta comida, falta techo, falta dinero. De allí se desprende una política casi automática: transferir recursos, cubrir necesidades básicas, estabilizar mínimos. Nada de eso es falso. El problema es que no es suficiente. Un estudio reciente de la Universidad de Michigan sobre programas psicosociales en Níger no discute la importancia del dinero; discute algo más incómodo: la suposición de que la acción humana responde de la misma manera en todos lados una vez que se “corrigen” las condiciones materiales.
El trabajo muestra que la pobreza también erosiona recursos psicológicos (en particular, la agencia), pero lo hace de maneras culturalmente específicas. En el caso de mujeres rurales en Níger, la agencia no se expresa como ambición individual, autoafirmación o planificación futura personal, sino como una capacidad relacional: mantener la armonía social, preservar el respeto, avanzar junto a otros. La agencia no es un músculo interno que se entrena en soledad, sino una práctica situada en redes de obligaciones y reconocimientos mutuos.
Este punto no es menor, porque el estudio pone a prueba algo que suele darse por sentado en el campo del desarrollo: que los programas psicológicos “basados en evidencia” son universalmente transferibles. No lo son. Cuando se aplicó una intervención occidental estándar, centrada en la iniciativa individual y la autosuperación, no hubo mejoras económicas sostenidas. Cuando se diseñó una intervención “culturalmente sabia”, alineada con modelos locales de agencia interdependiente, sí las hubo. El resultado no es un alegato romántico a favor de la cultura local, sino una crítica directa a la exportación acrítica de teorías psicológicas producidas en contextos WEIRD (Western, Educated, Industrialized, Rich, and Democratic).
Aquí aparece una primera incomodidad política. Si aceptamos que la pobreza es multidimensional y que la agencia adopta formas distintas según el contexto, entonces la idea de que basta con “empoderar” individuos empieza a tambalear. Empoderar, ¿para qué? ¿Según qué definición de éxito? ¿Con qué concepción de sujeto? El estudio no responde todas estas preguntas, pero deja claro que ignorarlas tiene costos reales: programas que no funcionan, recursos mal asignados, frustración institucionalizada.
El problema no es la cultura, sino el universalismo ingenuo
Hay una tentación rápida y peligrosa de leer este tipo de hallazgos como una defensa del relativismo cultural o, peor, como una invitación a adaptar la pobreza a “valores tradicionales”. El estudio no dice eso. No sostiene que las mujeres de Níger deban permanecer en estructuras desiguales en nombre de la armonía social. Dice algo más preciso y más desafiante: que las estrategias para reducir la pobreza fracasan cuando confunden modelos culturales dominantes con verdades psicológicas universales.
El blanco de la crítica no es la modernidad, sino el universalismo ingenuo. La psicología occidental ha producido herramientas potentes, pero también ha naturalizado un tipo de sujeto —autónomo, competitivo, orientado al futuro individual— como si fuera el sujeto humano en general. Cuando ese modelo se convierte en el estándar para medir agencia, motivación o éxito, todo lo que no encaja aparece como déficit. El estudio muestra que no se trata de déficit, sino de otra arquitectura de la acción.
Esto tiene implicancias que van mucho más allá de Níger. La propia autora principal, Catherine Thomas, profesora de psicología en la Universidad de Michigan, sugiere que los programas antipobreza en Estados Unidos podrían beneficiarse de una comprensión más fina de los modelos mentales y objetivos de quienes reciben ayuda. Es una afirmación explosiva en un contexto donde la pobreza suele explicarse en términos de falta de disciplina, malas decisiones o dependencia. Si la agencia también es relacional en contextos urbanos precarizados, si depende del estatus social, de redes frágiles y de la posibilidad de no romper vínculos, entonces muchas políticas fallan no por falta de fondos, sino por exceso de psicología equivocada.
La pregunta, entonces, no es si debemos elegir entre dinero o cultura, sino qué tipo de racionalidad guía las intervenciones. “Culturalmente sabio” no significa blando ni indulgente; significa reconocer que la acción humana siempre está mediada por marcos sociales concretos. La alternativa no es entre transferencia de efectivo y talleres motivacionales, sino entre políticas que toman en serio la complejidad de la vida social y políticas que la reducen a un individuo abstracto.
El aporte más incómodo del estudio es que obliga a repensar la relación entre conocimiento experto y política pública. No alcanza con importar modelos “probados” si no se interroga el contexto que los hizo funcionar. Tampoco alcanza con celebrar la cultura local sin tocar las estructuras que producen pobreza. Entre esas dos simplificaciones, el trabajo de Thomas propone algo más difícil: diseñar intervenciones que no traten a la psicología como un software universal, ni a la pobreza como un problema puramente técnico.
Tal vez la lección más interesante sea esta: combatir la pobreza no exige solo más recursos, sino mejores preguntas. Y esas preguntas no se responden desde arriba, ni desde lejos, ni desde teorías que confunden su lugar de origen con el mundo entero.