
por EMMANUEL CARRÉ – Universidad de Borgoña
7:30, terminal 2E de Roissy. En la fila que conduce al control, un ejecutivo se desabrocha el cinturón con un gesto mecánico, una madre saca los biberones de su bolso, un turista suspira mientras se desata los zapatos. Todos avanzan en un silencio puntuado por pitidos, apenas alterado por el ruido de las bandejas sobre las cintas transportadoras.
Esta escena se repite incansablemente: según la Asociación Internacional de Transporte Aéreo, 4.890 millones de pasajeros volaron en 2024, lo que supone más de 13 millones de personas cada día atravesando estos dispositivos de control.
Podría verse solo como un procedimiento técnico necesario. Sin embargo, observado con un ojo antropológico, este momento banal revela una transformación de identidad tan eficaz como discreta. Porque algo extraño sucede en estas colas de espera. Entramos como ciudadanos, consumidores, profesionales; salimos como “pasajeros en tránsito”. Esta metamorfosis, que vivimos como algo evidente, merece que nos detengamos en ella.
La mecánica de una transformación ritual
Lo que llama la atención de entrada es la desposesión progresiva y sistemática. Objetos personales, ropa, símbolos de estatus desaparecen en cubetas de plástico estandarizadas. Esta lógica parece arbitraria: ¿por qué los zapatos y no la ropa interior? ¿Por qué 100 ml y no 110 ml? Esta aparente incoherencia revela en realidad una función simbólica: crear un despojo que afecta a los atributos de la identidad social.
El etnógrafo Arnold van Gennep identificó ya en 1909 esta primera fase de los ritos de paso: la separación. El individuo debe abandonar su estado anterior, desprenderse de lo que lo definía en el mundo profano. Aquí, el ejecutivo con corbata se convierte en un cuerpo anónimo, despojado provisionalmente de su traje, sometido a la misma mirada tecnológica que todos los demás. Esta igualación forzada no es un efecto secundario, sino el núcleo del proceso: prepara la transformación de identidad neutralizando temporalmente las jerarquías sociales habituales.
Luego viene el examen: escáneres, detectores, preguntas sobre nuestras intenciones. “¿Por qué viaja? ¿A quién va a ver? ¿Hizo usted mismo su equipaje?”. Cada viajero se vuelve temporalmente sospechoso, debiendo probar su inocencia. Esta inversión de la carga de la prueba —reverso del principio fundamental de “inocente hasta que se demuestre lo contrario”— pasa inadvertida de tan “lógica” que parece en este contexto.
Esta fase corresponde a lo que Van Gennep llamaba el margen o periodo liminal, que el antropólogo Victor Turner desarrolló posteriormente: un momento en el que el sujeto, privado de sus atributos sociales habituales, se encuentra en un estado de vulnerabilidad que lo vuelve maleable, listo para ser transformado. En este paréntesis tecnológico, ya no somos del todo ciudadanos, pero aún no somos viajeros.
Finalmente, la reintegración, según el etnógrafo Arnold van Gennep: aquí estamos, admitidos en el espacio post-control. Nos hemos convertido oficialmente en “pasajeros”, un estatus que supone docilidad, paciencia y aceptación de las restricciones “por nuestra seguridad”. El espacio post-control, con sus duty free y sus cafés a precios exorbitantes, marca esta transformación: ya no somos ciudadanos ejerciendo un derecho a circular, sino consumidores globales en tránsito, doblemente desposeídos de nuestro anclaje político y territorial.
Un teatro de seguridad paradójicamente eficaz
Estos dispositivos presentan una paradoja inquietante. Por un lado, detectan efectivamente objetos prohibidos (cuchillos olvidados, líquidos sospechosos) y ejercen un efecto disuasorio real. Por otro, tienen dificultades ante las amenazas más sofisticadas: en 2015, equipos de prueba estadounidenses lograron pasar armas falsas en el 95% de sus intentos.
En seis años (de 2007 a 2013), el programa de detección conductual estadounidense SPOT costó 900 millones de dólares y no detectó a ningún terrorista. No detectó a los únicos terroristas reales que pasaron por los aeropuertos, pero no hubo ningún secuestro en los Estados Unidos. Por tanto, el programa parece a la vez inútil (sin amenaza real) e ineficaz (fracaso ante amenazas reales).
Esta ineficacia operativa se suma a un desequilibrio económico mayor: según el ingeniero Mark Stewart y el politólogo John Mueller, las decenas de millones invertidos anualmente por aeropuerto generan tan poca reducción efectiva del riesgo terrorista que los costes superan ampliamente los beneficios esperados.
El experto en seguridad Bruce Schneier habla de “teatro de seguridad” para designar esta lógica: medidas cuya eficacia principal es tranquilizar al público más que neutralizar las amenazas más graves. No es un mal funcionamiento, sino una respuesta racional a las expectativas sociales.
Tras un atentado, la opinión pública espera medidas visibles que, aunque de eficacia discutible, calmen los miedos colectivos. El “teatro de seguridad” responde a esta demanda produciendo un sentimiento de protección que permite mantener la confianza en el sistema. Los investigadores Razaq Raj y Steve Wood (Leeds Beckett University) describen su puesta en escena aeroportuaria, tranquilizadora pero a veces discriminatoria.
Bajo esta lógica, se entiende por qué estas medidas persisten y se generalizan a pesar de sus resultados limitados. Además, contribuyen a reforzar una adhesión tácita a la autoridad. Este fenómeno se apoya especialmente en el sesgo del statu quo, que nos encierra en dispositivos ya establecidos, y en una dinámica social de demanda de seguridad siempre creciente, donde no parece posible dar marcha atrás.
El aprendizaje invisible de la docilidad
Porque estos controles nos enseñan algo más profundo de lo que parece. Primero, nos habitúan a aceptar la vigilancia como algo normal, necesario, incluso benévolo. Esta habituación no se queda confinada al aeropuerto: se transfiere a otros contextos sociales. Aprendemos a “mostrar los papeles”, a justificar nuestros desplazamientos, a aceptar que nuestro cuerpo sea escrutado “por nuestro bien”.
El sistema funciona también mediante la inversión de las resistencias. Resistirse se vuelve sospechoso: aquel que cuestiona los procedimientos, que rechaza un registro adicional o que se irrita por un retraso, se transforma automáticamente en un problema. Esta clasificación moral binaria —buenos pasajeros dóciles frente a pasajeros difíciles— transforma la crítica en un indicio de culpabilidad potencial.
A fuerza de repetición, estos gestos se inscriben en nuestros hábitos corporales. Anticipamos las restricciones: zapatos sin cordones, líquidos dosificados, ordenadores accesibles. Desarrollamos lo que el filósofo Michel Foucault llamaba “cuerpos dóciles”: cuerpos adiestrados por la disciplina que interiorizan las coacciones y facilitan su propio control.
Más allá del aeropuerto
Esta transformación no se limita a los aeropuertos. La pandemia introdujo prácticas comparables: certificados, pases, gestos que se volvieron casi rituales.
Hemos adquirido el hábito de “presentar nuestros papeles” para acceder a espacios públicos. Con cada choque colectivo, se instalan nuevas reglas que afectan de forma duradera nuestros puntos de referencia.
En la misma línea, la obligación de descalzarse en el aeropuerto se remonta a un solo intento de atentado: en diciembre de 2001, Richard Reid ocultó explosivos en sus zapatos. Un hombre, un fracaso, y veintitrés años después miles de millones de viajeros repiten este gesto, ahora inscrito en la normalidad. Estos eventos actúan como “mitos fundacionales” que naturalizan ciertas restricciones.
El sociólogo Didier Fassin observa así la emergencia de un “gobierno moral” donde obedecer se convierte en una prueba de ética. Cuestionar un control se vuelve un marcador de irresponsabilidad cívica. Lo que hace notable esta evolución es su carácter ampliamente invisible. No vemos el ritual en funcionamiento, solo vivimos “medidas necesarias”. Esta naturalización explica sin duda por qué estas transformaciones encuentran tan poca resistencia.
La antropología nos enseña que los rituales más eficaces son aquellos que ya no se perciben como tales. Se vuelven evidentes, necesarios, indiscutibles. El sistema utiliza lo que el politólogo estadounidense Cass Sunstein llama el “sludge”: a diferencia del “nudge” que incita sutilmente a los buenos comportamientos, el sludge funciona por fricción, haciendo que la resistencia sea más costosa que la cooperación. Los trabajos de psicología social sobre la sumisión libremente consentida muestran que aceptamos las restricciones con mayor facilidad cuando tenemos la impresión de elegirlas. Al creer que decidimos libremente tomar el avión, aceptamos libremente todas las restricciones vinculadas a ello.
Cuestionar la evidencia
Identificar estos mecanismos no significa que haya que denunciarlos u oponerse a ellos sistemáticamente. La seguridad colectiva tiene sus exigencias legítimas. Pero tomar conciencia de estas transformaciones permite cuestionarlas, deliberarlas, en lugar de sufrirlas.
Porque, como recordaba la filósofa Hannah Arendt, comprender el poder es ya recuperar una capacidad de acción. Quizás ese sea el desafío: no rechazar toda restricción, sino mantener la posibilidad de pensarlas.
The Conversation. Traducción: Camille Searle