La arqueología no persigue trofeos cronológicos

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por CLARA VELDRÁN – Universitat Pompeu Fabra

En 2015, el arqueólogo indonesio Adhi Agus Oktaviana identificó en la cueva de Liang Metanduno, situada en la isla de Muna, en la provincia de Sulawesi Sudoriental, Indonesia, una silueta apenas perceptible que parecía un estarcido de mano. La cueva era conocida desde hacía tiempo como atractivo turístico por sus pinturas prehistóricas. Sin embargo, bajo imágenes más recientes, emergía un motivo tenue que, según un estudio publicado en 2024 en la revista científica Nature, tendría al menos 67.800 años de antigüedad. El equipo que lo dató, dirigido por Adam Brumm, profesor de arqueología en la Universidad Griffith de Australia, aplicó análisis de series de uranio a depósitos de carbonato cálcico formados sobre la pintura. Este método permite establecer una edad mínima: la obra es, como poco, tan antigua como el mineral que la recubre.

Conviene detenerse en esa expresión, “edad mínima”, porque delimita el alcance del hallazgo. La arqueología trabaja con estratos, superposiciones y umbrales. Datamos lo que cubre y, a partir de ahí, inferimos lo que está debajo. Paul Pettitt, profesor de arqueología paleolítica en la Universidad de Durham, subrayó que las fechas parecen sólidas, pero recordó que ignoramos cuánto antes pudo realizarse el motivo. Paul Bahn, especialista británico en arte rupestre prehistórico, introdujo una cautela adicional: que se trate de una de las obras más antiguas conocidas no autoriza a proclamarla “la más antigua del mundo”. En el debate público, la cronología tiende a absolutizarse; en la práctica científica, se formula en términos comparativos y provisionales.

Este episodio ilustra una tensión constitutiva de la arqueología contemporánea. Por un lado, el deseo legítimo de fijar hitos (el primer arte figurativo, el más antiguo motivo no figurativo); por otro, la necesidad metodológica de sostener afirmaciones graduadas. La disciplina se apoya en técnicas físico-químicas sofisticadas, pero su objeto es siempre un resto parcial. El entusiasmo mediático por el “récord” simplifica una escena más compleja, en la que cada nueva datación reordena un mapa sin clausurarlo. La prudencia no resta importancia al hallazgo; más bien lo inscribe en una historia abierta del conocimiento.

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Mano, metamorfosis y antropología de un motivo

El motivo de Liang Metanduno representa una mano con pigmento aplicado alrededor, técnica conocida como estarcido. En Sulawesi existen otros ejemplos, algunos con dedos alargados o modificados. En el caso reciente, los dedos aparecen más puntiagudos, casi como garras. Adam Brumm sugirió que podría tratarse de una transformación creativa de la mano humana en “algo distinto”. La hipótesis no es extravagante si se considera la recurrencia de figuras híbridas en la región. En 2019, el mismo equipo describió una escena, también en Sulawesi, con seres mitad humanos mitad animales, datada inicialmente en al menos 43.900 años y revisada después hasta 51.200 mediante una nueva técnica analítica. Ese panel se ha interpretado como una forma temprana de arte figurativo narrativo.

La antropología del arte, entendida como el estudio comparado de las prácticas simbólicas humanas, ofrece herramientas para situar estos motivos. Alfred Gell, antropólogo británico, propuso pensar el arte no como categoría estética universal sino como sistema de acción social, capaz de producir efectos en quienes lo contemplan. Sin forzar la analogía, el estarcido de mano puede entenderse como gesto que fija una presencia y, al mismo tiempo, la desborda. La mano es índice del cuerpo, pero su contorno alterado sugiere una metamorfosis. La arqueología no accede a las intenciones; sin embargo, puede describir regularidades formales y contextos de aparición. Cuando un motivo se repite con variaciones, cabe suponer que responde a convenciones compartidas.

Desde un punto de vista epistemológico, hablar de “arte” en contextos de hace casi 70.000 años implica asumir una definición operativa. No se trata de proyectar nociones modernas de belleza, sino de reconocer prácticas de producción de imágenes con cierta complejidad técnica y estilística. El estudio publicado en Nature menciona precisamente esa “complejidad técnica y estilística” para atribuir el motivo, con mayor probabilidad, a Homo sapiens. Homo sapiens es la especie humana actual, caracterizada por una anatomía moderna y documentada en el sudeste asiático en fechas compatibles con la datación de la cueva. No obstante, la discusión permanece abierta: los neandertales, otra especie humana, extinguida hace unos 40.000 años, también utilizaron estarcidos de manos en Europa, y algunos investigadores consideran posible la participación de grupos como los denisovanos, conocidos por restos fósiles y genéticos en Asia.

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La prudencia vuelve a imponerse. Atribuir un motivo a una especie no equivale a reconstruir su cosmovisión. La tentación de leer en la mano con garras una “creencia” específica debe moderarse. La arqueología trabaja con indicios materiales; la antropología compara patrones, pero evita saltos interpretativos excesivos. Si existe una continuidad entre las manos transformadas y las figuras híbridas de Sulawesi, esa continuidad señala la presencia de un repertorio simbólico en el que la frontera entre humano y animal era, al menos en el plano imaginal, permeable. No es necesario convertir esa observación en teoría total. Basta reconocer que la imagen no reproduce simplemente una anatomía; la interviene.

Rutas, migraciones y la geografía del origen

El hallazgo de Liang Metanduno tiene implicaciones que exceden la historia del arte rupestre. La isla de Sulawesi ocupa una posición estratégica en el sudeste asiático. Diversas hipótesis sobre la expansión de Homo sapiens hacia Australia, donde se documentan poblaciones aborígenes con una antigüedad de 60.000 a 70.000 años, contemplan rutas insulares que habrían incluido Sulawesi. Si en esta región se producían imágenes complejas hace al menos 67.800 años, resulta plausible que grupos humanos con capacidades simbólicas desarrolladas transitaran por esas islas en fechas compatibles con la colonización de Australia.

La arqueología de las migraciones combina datos paleoambientales, restos materiales y cronologías comparadas. No se trata solo de saber quién pintó una mano, sino de comprender qué trayectorias siguieron los primeros humanos modernos fuera de África. Sulawesi ya era considerada por algunos especialistas como escenario de las manifestaciones figurativas más antiguas conocidas. La nueva datación refuerza la centralidad de Indonesia en ese proceso. En términos metodológicos, el argumento es acumulativo: cada evidencia no prueba por sí sola una ruta, pero contribuye a hacerla más verosímil.

Desde la antropología, este desplazamiento del foco —de Europa como supuesto epicentro del arte paleolítico hacia el sudeste asiático— invita a revisar narrativas heredadas. Durante décadas, cuevas como Lascaux o Altamira, en Francia y España respectivamente, ocuparon un lugar emblemático en la imaginación occidental sobre el “origen del arte”. Sin restarles importancia, la ampliación del mapa obliga a pensar en un escenario más distribuido, en el que múltiples regiones desarrollaron prácticas simbólicas tempranas. La historia global de la humanidad se compone de centros provisionales que cambian con cada hallazgo.

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En este punto, la discusión sobre si una mano es la “más antigua” adquiere un matiz distinto. La arqueología no persigue trofeos cronológicos; busca comprender procesos. La datación por series de uranio, la comparación estilística, la evaluación crítica de especialistas como Paul Bahn o Paul Pettitt, forman parte de una conversación disciplinar que avanza por matices. El público, con razón, se siente atraído por la idea de contemplar el gesto de alguien que vivió hace casi 70.000 años. Esa fascinación no es trivial. Sin embargo, el interés más duradero reside quizá en otra parte: en la constatación de que la capacidad de producir imágenes, de modificar una mano para convertirla en garra, acompañó a los desplazamientos humanos por archipiélagos y mares.

La cueva de Liang Metanduno, que hoy recibe visitantes, conserva en su pared una silueta que estuvo “a la vista de todos” durante años sin ser reconocida en su antigüedad. La frase, pronunciada por Adam Brumm, tiene un alcance más amplio del que parece. La arqueología depende tanto de nuevas técnicas como de nuevas miradas. Lo que cambia no es solo la edad asignada a un pigmento, sino el lugar que otorgamos a ciertas regiones y a ciertas poblaciones en la narrativa de lo humano. En un campo donde cada fecha es provisional y cada hipótesis admite revisión, esa disposición a mirar de nuevo constituye quizá el recurso más estable.

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Observatorio de ciencias antropológicas.

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