
por HORACIO SHAWN-PÉREZ – Universidad Estadual de Campinas, UNICAMP
Toda ciudad produce desechos. Es, quizás, la definición más honesta del urbanismo: no el monumento ni la avenida, sino el residuo. La capacidad de una ciudad para gestionar lo que genera, para metabolizar su propia materia, es el indicador más fiel de su salud política, no solo sanitaria. Cuando esa capacidad colapsa, no colapsa la higiene: colapsa el pacto civilizatorio que hace posible la vida urbana densa. Lo que ocurre hoy en La Habana no es una emergencia sanitaria localizada. Es la ruptura visible de ese metabolismo, acelerada por un bloqueo energético, pero enraizada en décadas de fragilidad estructural que ningún bando del conflicto geopolítico tiene interés en nombrar con precisión.
El urbanista Abel Wolman introdujo en 1965 el concepto de “metabolismo urbano” para describir el flujo de materiales y energía que sostiene una ciudad: el agua que entra, los alimentos que circulan, los desechos que salen. Desde entonces, toda una tradición del pensamiento urbano, de Herbert Girardet a Sabine Barles, ha insistido en que el verdadero test de la sostenibilidad urbana no está en sus parques ni en sus fachadas, sino en sus sistemas invisibles: el alcantarillado, la recolección de residuos, la red de fumigación. Son infraestructuras que solo se hacen visibles cuando fallan. En La Habana, han fallado de manera espectacular y simultánea. Las montañas de basura que se acumulan en esquinas de Centro Habana o de El Vedado no son anomalías: son el metabolismo urbano haciéndose visible en su disfunción.
Resulta tentador reducir la crisis a su causa inmediata: la restricción de combustible impuesta por Washington, que dejó operativa menos de la mitad de la flota de camiones recolectores. Es un factor real, y sería deshonesto minimizarlo. Pero el pensador urbano Mike Davis advertiría aquí contra la tentación de buscar explicaciones monocausales para el colapso de las ciudades del Sur Global. La vulnerabilidad de La Habana ante una perturbación energética de esta magnitud habla de una fragilidad construida durante décadas: la dependencia crónica de importaciones para casi todo insumo operativo, la subinversión sostenida en infraestructura de servicios, la centralización burocrática que impide respuestas locales ágiles. El bloqueo es el detonante; la pólvora es anterior.
Jerarquías políticas
Hay una geografía del asco que opera silenciosamente en las ciudades. El teórico marxista Henri Lefebvre escribió que el espacio urbano no es neutro: es producido social y políticamente, y esa producción siempre implica jerarquías. En qué barrios se recoge la basura primero, con qué frecuencia, con qué recursos; estas decisiones codifican, en lo cotidiano, quién importa y quién no. En la crisis habanera, esa geografía se hace brutal: los 122 puntos de incineración “controlada” que las autoridades han autorizado no están distribuidos equitativamente. Se concentran en zonas populares y en municipios periféricos, donde la densidad es mayor y los recursos para resistir la presión política son menores. La basura, como la inundación, siempre encuentra el camino hacia los más vulnerables.
La decisión de quemar residuos sólidos urbanos en espacios abiertos y densamente poblados merece un análisis que vaya más allá de la emergencia. Desde la perspectiva de la salud ambiental, la combustión incompleta de residuos mezclados (plásticos, materiales orgánicos, textiles, metales) genera dioxinas, furanos y partículas finas PM2.5, compuestos cuya toxicidad está documentada desde los trabajos seminales de Barry Commoner en los años setenta. Son sustancias que no se dispersan: se depositan en suelos, se acumulan en acuíferos, se incorporan a cadenas alimentarias y permanecen en tejidos biológicos durante años. La decisión de quemar es, en términos técnicos, la conversión de un problema de gestión de residuos sólidos en un problema de contaminación ambiental difusa y duradera. Es resolver el corto plazo hipotecando el largo.
Pero la dimensión más perturbadora de esta crisis no es química: es política en el sentido más arendtiano del término. Hannah Arendt distinguía entre la esfera de la necesidad (el reino de lo biológico, lo doméstico, lo reproductivo) y la esfera de la acción política. La acumulación de basura en el espacio público es, en esa clave, la invasión de la necesidad en la polis: lo que debía permanecer invisible, gestionado, alejado de la vista colectiva, se derrama sobre el espacio común y lo coloniza. Cuando los vecinos de Centro Habana queman su propia basura porque el Estado no puede retirarla, están realizando, sin saberlo, una forma de trabajo reproductivo que históricamente se esperaba que el Estado urbano moderno absorbiera. La privatización involuntaria del metabolismo colectivo.
El sistema de olores y residuos
La crisis de residuos se conecta con otra dimensión que los análisis inmediatos suelen pasar por alto: la relación entre basura y enfermedad no es lineal sino sistémica. El mosquito Aedes aegypti, vector del dengue, el chikunguña y el Zika, no necesita montañas de basura para reproducirse: necesita agua estancada en recipientes pequeños. Los residuos plásticos acumulados, sobre todo en temporada de lluvias, son criaderos perfectos. Cuba vivió el año pasado una epidemia de chikunguña que, según estimaciones circulantes, afectó a cerca de un tercio de la población. Eso no es una consecuencia colateral: es la materialización de un colapso sistémico en cuerpos individuales. El urbanismo, en su versión más básica, es la ingeniería que interpone distancia entre los cuerpos humanos y sus propios desechos. Cuando esa distancia desaparece, la historia de la ciudad retrocede a condiciones previas a las reformas sanitarias del siglo XIX.
Existe una bibliografía notable sobre lo que los historiadores de la medicina llaman “la transición sanitaria”: el proceso por el cual las ciudades industriales del Norte Global pasaron, entre 1850 y 1950, de ser máquinas de mortalidad a ser entornos relativamente controlados. El historiador Simon Szreter ha argumentado de manera convincente que esa transición no fue obra del progreso médico ni del crecimiento económico per se, sino de decisiones políticas deliberadas de inversión en infraestructura colectiva: alcantarillado, agua potable, recolección de basura, control de vectores. Son bienes públicos puros, no rentables para el mercado, que requieren Estado. Lo que se está deshaciendo en La Habana no es solo una red de camiones: es el legado material, paradójicamente compartido, de esa tradición de inversión pública que el Estado cubano, pese a todas sus contradicciones, había logrado sostener durante décadas.
También hay una dimensión estética en la crisis que merece no ser ignorada. El olfato, escribe el filósofo Mark Jenner, ha sido históricamente el sentido de la política sanitaria: las teorías miasmáticas del siglo XIX, que asociaban la enfermedad al “mal olor”, fueron el motor ideológico de las grandes reformas urbanas europeas. El haussmannismo parisino, el saneamiento londinense, la reforma portuaria en muchas ciudades latinoamericanas fueron impulsados, en parte, por la intolerancia olfativa de las clases medias urbanas emergentes. En La Habana de 2026, el humo de los basurales abiertos no distingue barrios: penetra por igual en casas de funcionarios y de trabajadores. Hay algo igualador y terrible en eso. La ciudad, cuando colapsa, democratiza el sufrimiento de maneras que ninguna política había logrado.
El urbanismo crítico tiene la obligación de resistir dos tentaciones simétricas: la que culpa al bloqueo de todo y exonera al Estado cubano de sus propias responsabilidades estructurales, y la que usa la crisis como argumento para una agenda de cambio de régimen sin atender a la violencia sistémica que el embargo representa sobre una población civil. La basura acumulada en las calles de La Habana es el producto de ambas fuerzas actuando simultáneamente: una política exterior diseñada para asfixiar una economía, y décadas de centralización burocrática que hicieron esa economía patológicamente vulnerable a la asfixia. Lo que se pudre en las esquinas habaneras no es solo materia orgánica, sino la promesa, nunca del todo cumplida ni del todo abandonada, de que una ciudad puede ser gestionada como un bien común. Esa promesa merece análisis más riguroso que el que suelen darle quienes la usan como arma arrojadiza en una guerra que se libra, como siempre, sobre los cuerpos de los que menos eligieron estar ahí.