Antropología de Tinder

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por ANNE CHAHINE – Universidad de Aarhus

Nunca fui buena para las citas. Simplemente me negué a reconocer las sutilezas y rituales del cortejo, a bailar la danza que realizan los amantes potenciales cuando se declaran su afecto mutuo. Por suerte encontré una pareja que anunció su interés con señales claras e inequívocas.

Cuando las citas online se hicieron populares por primera vez, me sorprendió lo fácil que parecía, un flujo de hombres y mujeres, uno tras otro, en la pantalla. De repente, el amor parecía estar al alcance de todos. Para la mayoría de nosotros, las formas digitales de comunicación se han convertido en una parte esencial de la vida cotidiana. Pero, ¿cómo afecta la tecnología de las citas a la forma en que buscamos pareja? ¿Qué sucede una vez que sales del ámbito online y entras en el mundo de las relaciones cara a cara? ¿Y cómo podría afectar la percepción que la gente tiene del proceso de citas e incluso del concepto mismo del amor?

En 2015, hice un breve documental sobre la aplicación de citas Tinder, Looking for Mr. Right Now. Contacté con personas que pudieran estar interesadas en compartir sus experiencias y también busqué potenciales informantes a través de la plataforma, creando un perfil de usuario completo con fotografía y una breve descripción del proyecto. Quería entender por qué la gente usa Tinder y comprender su experiencia sensorial y corporal al interactuar con la aplicación más allá de la tactilidad de los medios móviles.

Al principio, el acto de deslizar la cara de una persona hacia la izquierda (no interesado) o hacia la derecha (interesado) parecía casi violento por naturaleza y me tomó mucho tiempo tomar una decisión. Mi pulgar derecho tenía el poder de influir en el futuro del proyecto y me recordó la idea de Tim Ingold de que la mano es la extensión directa del cerebro. Pero todas estas dudas pronto dieron paso a una toma de decisiones en una fracción de segundo sobre a quién elegir y cómo iniciar una conversación exitosa. Uno de mis entrevistados acuñó el término “mantener la máquina del amor en funcionamiento” al describir este proceso casi rutinario. La “máquina” entonces trabajaría constantemente en segundo plano y, con suerte, produciría una conexión al final del día.

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Las razones para usar la aplicación variaron. Para algunos, representó la oportunidad de conocer parejas potenciales sin la necesidad de salir todas las noches. Otros elogiaron la eficiencia de la aplicación y compararon su funcionalidad similar a la del consumidor con “elegir a un hombre de un catálogo”. Tinder puede ser sinónimo de “cultura de las relaciones sexuales”, pero los entrevistados también hablaron de buscar formas de participación social menos abiertamente físicas o informales y lo describieron como un espacio para comunicarse con los demás.

La idea de encontrar a “la persona indicada” y de que buscar una pareja romántica en el ámbito digital puede aumentar las posibilidades de conocer a alguien en la “vida real” se entrelazó en todas estas historias. Y esta experiencia no se limita a estos berlineses: Helen Fisher sostiene que si bien la tecnología de las citas puede estar cambiando el noviazgo, el cerebro humano ha evolucionado para buscar siempre el amor romántico y una relación a largo plazo. La transición del mundo online al offline fue a menudo positiva para las personas, un momento decisivo de infinitas posibilidades relacionadas con el amor: “En algún momento tienes que salir de la plataforma. Y una vez que das ese paso, cualquier cosa puede pasar”.

El concepto visual del corto documental está inspirado en la experiencia corporal más destacada que mis entrevistados describieron mientras usaban la aplicación: la de conectarse con miles de personas estando físicamente solos. Encontré la traducción visual de esta sensación durante las primeras horas de la mañana en los amplios paisajes urbanos de Berlín. Calles y lugares que habitualmente bullen con miles de personas estaban casi desiertos a esta hora del día. El persistente vacío de estos espacios proporciona al espectador un fondo visual casi meditativo que deja suficiente espacio para participar y reflexionar sobre la variedad de historias que se cuentan.

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Fuente: AAA/ Traducción: Maggie Tarlo

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