
por SABRINA DUSE – Universidad Municipal de Nueva York
Hay algo inmediatamente sospechoso en el adjetivo “saludable” cuando se lo adhiere a un fracaso moral. La hipocresía saludable suena tranquilizadora, administrativa, levemente yogui. Promete moderación, equilibrio, inteligencia emocional. Pero también hace otra cosa, más silenciosa: desgasta el conflicto. Una vez que la hipocresía puede ser saludable, deja de ser un problema a enfrentar y pasa a ser una condición a optimizar. Y es precisamente ahí donde este tipo de pensamiento empieza a tambalear.
El argumento de Michael Hallsworth en su libro The Hypocrisy Trap: How Changing What We Criticize Can Improve Our Lives, reducido a su núcleo, no es descabellado. Los humanos son inconsistentes. Las sociedades exigen estándares que nadie puede cumplir por completo. Señalar cada inconsistencia produce crueldad, mala fe y agotamiento. Bien. Nada de esto es nuevo. Lo que sí es nuevo es el tono moral con el que se presenta esta observación: no como tragedia, no como tensión estructural, sino como una falla conductual que puede gestionarse de manera más inteligente. La hipocresía deja de ser un problema social. Se convierte en un problema de dosificación. Y ese desplazamiento importa.
Porque una vez que se acepta la premisa de que la hipocresía es inevitable y potencialmente funcional, el siguiente paso es casi automático: distinguir entre hipocresía buena y mala, tolerable y tóxica, la que nos impulsa hacia adelante y la que nos frena. Aquí es donde el argumento empieza a parecerse a otros movimientos liberales conocidos. Ya no se nos pide superar el racismo, sino cultivar conciencia. No detener la violencia, sino canalizarla. No resistir la gentrificación, sino hacerla de manera responsable. El fracaso moral nunca se elimina; ahora se lo administra.
La coartada de la civilización
Hallsworth se apoya fuertemente en la sombría intuición de Sigmund Freud de que la civilización misma descansa sobre la represión y el desmentido. El punto de Freud, en Consideraciones actuales sobre la guerra y la muerte, no era que la hipocresía debiera aceptarse con optimismo. Era que la civilización se construye sobre una mentira psicológica permanente que periódicamente colapsa en violencia. Para Freud, la hipocresía no es saludable. Es costosa. Corroe al sujeto desde dentro. Produce neurosis, resentimiento y catástrofes periódicas. Que sea necesaria no la vuelve benigna.
Algo se pierde cuando este diagnóstico se traslada al liberalismo contemporáneo de autoayuda. Freud intentaba explicar por qué el progreso moral no elimina la violencia. Hallsworth lo usa para sugerir que relajemos nuestros estándares. La dirección del movimiento se invierte. La tragedia se convierte en tolerancia. La contradicción estructural se convierte en regulación emocional.
Aquí el libro se suma a una larga serie de obras que flotan incómodamente entre la filosofía y la ciencia del comportamiento, tomando gravedad de la primera y prescripciones de la segunda. Citan a Platón, Rousseau, Arendt, a menudo con verdadera inteligencia, pero solo para terminar ofreciendo consejos sobre tono, percepción y gestión de reacciones. La hipocresía deja de ser una cuestión de poder o de justicia y pasa a ser una cuestión de cómo se sienten las acusaciones.
Quién puede ser inconsistente
No toda hipocresía es igual, y no todos los hipócritas pagan el mismo precio. Esta es la parte que el marco de la “hipocresía saludable” minimiza de manera sistemática. La inconsistencia se tolera de forma distinta según quién seas, dónde estés y qué puedas permitirte. El político que viola las reglas del confinamiento y el trabajador esencial que las flexibiliza no ocupan el mismo universo moral, aunque ambos sean técnicamente inconsistentes. Uno está protegido por el estatus; el otro, por la necesidad.
Hablar de hipocresía sin hablar de poder es aplanar el terreno hasta volverlo irreconocible. El peligro no es que acusemos demasiado; es que acusemos selectivamente y luego nos felicitemos por ser indulgentes. Cuando Hallsworth advierte que el exceso de denuncias genera más hipocresía, no se equivoca. Pero también esquiva la pregunta más difícil: ¿exceso para quién? ¿Regulado por quién? ¿Con qué consecuencias?
El lenguaje de la tolerancia tiene la costumbre de fluir hacia abajo. Exige moderación a quienes tienen el menor margen de error mientras excusa silenciosamente a quienes ya están protegidos. Por eso el llamado a “distender” las acusaciones suele sentirse menos como sabiduría que como cansancio disfrazado de ética.
Hay además un movimiento filosófico más profundo en juego. Las sociedades liberales occidentales, señala Hallsworth, valoran el ideal de un yo consistente. Otras culturas son más flexibles. Tal vez esperamos demasiada coherencia. Tal vez la hipocresía se ve de otro modo en otros contextos. Todo esto es cierto, en cierto sentido. Pero esta comparación suele funcionar como una válvula de escape. La diferencia cultural se convierte en una forma de bajar expectativas en lugar de interrogar por qué la coherencia importa en primer lugar.
Pensadores como Bernard Williams insistieron en que la vida moral es irreductiblemente desordenada, pero se negaron a convertir ese desorden en un ejercicio terapéutico. Iris Murdoch veía el fracaso moral no como una hipocresía a gestionar, sino como una ceguera frente a la realidad: una falla de atención, no de alineación. Ninguno de los dos nos pide tolerar la inconsistencia. Nos piden hacernos responsables de ella sin fingir que puede eliminarse por diseño.
El horizonte de la autoayuda
La ironía es que estos debates rara vez importan tanto como sus autores creen. No porque la hipocresía sea trivial, sino porque los libros que prometen mejores formas de reaccionar ante ella casi siempre terminan haciendo lo mismo: desplazan la atención de las instituciones hacia la conducta individual. ¿Deberíamos acusar menos? ¿Señalar el compromiso con mayor claridad? ¿Gestionar la irritación? Estas no son preguntas políticas. Son preguntas de etiqueta.
Por eso los libros sobre “hipocresía saludable” suelen terminar en el mismo estante que los libros sobre resiliencia, perseverancia o inteligencia emocional. Ofrecen una forma de sentirse moralmente sofisticado sin quedar políticamente acorralado. Tranquilizan al lector diciéndole que el problema no es el mundo, sino nuestro tono frente a él.
Nada de esto significa que la hipocresía deba perseguirse indiscriminadamente o que la política de la pureza sea admirable. Significa que el deseo de sanear el fracaso moral es, en sí mismo, un síntoma de agotamiento. Una cultura que ya no puede tolerar la contradicción abierta empieza a llamar sabiduría a esa tolerancia. Una cultura que no puede imaginar el cambio estructural empieza a llamar madurez al ajuste.
Al final, la hipocresía no es ni saludable ni insalubre. Es una señal. De presión. De conflicto. De ideales que chocan con la realidad. Intentar optimizarla es perder el punto. Y quizá ese sea el alivio silencioso que estos libros ofrecen: no una solución, sino el permiso para dejar de tomarse el problema tan en serio.
Está bien. Pueden funcionar para alguien o para muchos. Solo no lo llamemos filosofía.
Traducción: Maggie Tarlo.