La evolución de la violencia organizada

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por NAM C. KIM y MARC KISSEL

Algunos investigadores argumentan que la guerra humana se desarrolla a partir de tendencias innatas a la violencia colectiva y que sólo la cultura, o la razón, mantienen bajo control los impulsos violentos y agresivos. Pero la historia no es tan sencilla. La evolución de la cultura humana no sólo condujo a formas de instituir la paz, sino que también generó medios para organizar y estructurar la violencia. La cultura fue clave, por ejemplo, para el surgimiento de la guerra.

Los investigadores no saben exactamente cuándo comenzaron las guerras, pero algunas de las primeras evidencias provienen de hace unos 10.000 a 13.000 años. Por ejemplo, en un sitio de 10.000 años de antigüedad en Kenia llamado Nataruk, los científicos excavaron a un grupo de personas que mostraban signos de muerte violenta. El cráneo de una persona incluso tenía incrustada una hoja de obsidiana. Y en Jebel Sahaba, un sitio ubicado a lo largo del río Nilo en Sudán que se estima que tiene 13.000 años de antigüedad, los arqueólogos descubrieron un cementerio que contenía aproximadamente sesenta personas, muchas de las cuales sufrieron una muerte traumática. Estos ejemplos pueden parecer antiguos, pero no lo son tanto en comparación con toda la historia del género Homo, que evolucionó hace 2,8 millones de años.

Basándonos en la preponderancia de datos arqueológicos, primatológicos, etnográficos y genéticos, creemos que la guerra surgió gradualmente con el tiempo y evolucionó junto con la cognición compleja. Estas capacidades cognitivas permitieron a los humanos pensar mucho más allá del momento inmediato: comunicarse de nuevas maneras y planificar acciones futuras.

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Esta cognición compleja comenzó hace unos 300.000 años, como lo demuestran los primeros Homo sapiens que hacían marcas, dibujaban diseños y símbolos. Otros indicios en el registro arqueológico de pensamiento sofisticado en los primeros sitios de H. sapiens en África y en toda Eurasia incluyen el uso de adornos personales, como cuentas y collares, así como la fabricación de herramientas complejas. Todos estos ejemplos apuntan a un largo camino para llegar a ser humanos. Estos materiales remanentes sugieren una capacidad para pensar simbólica y creativamente, para transmitir y asignar identidad, y para señalar y recibir tales formas de comunicación.

La cognición compleja significó que eventualmente los humanos podían producir más alimentos, construir templos, escribir e intercambiar ideas a grandes distancias. También permitió el surgimiento de violencia organizada a mayor escala. En nuestra opinión, una combinación de pensamiento simbólico y comunicación compleja permitió a las personas cooperar de maneras sofisticadas sin precedentes, lo que a su vez abrió la puerta a nuevas formas de violencia organizada. La cultura humana, entonces, proporcionó una manera para que los humanos hicieran la guerra y la justificaran. Otras especies, hasta donde sabemos, no pelean por ideas, conceptos y creencias.

A veces la gente piensa que la cooperación y la agresión son caras opuestas de la misma moneda, pero no lo son. Se necesita mucha cooperación para iniciar y ganar una guerra. También se necesita bastante cooperación para evitar o prevenir la guerra. Por ejemplo, a veces las comunidades optan por casarse entre sí para mitigar tensiones pasadas entre ellas, creando así nuevos vínculos y minimizando las posibilidades de que futuros desacuerdos conduzcan a guerras.

Dos cosas interesantes para investigar son cómo se desarrolló la cognición humana y cómo esos rasgos impulsaron el desarrollo tanto de la violencia colectiva como del establecimiento de la paz. Por lo tanto, un enfoque antropológico es clave porque necesitamos reconocer cómo tanto nuestra biología como nuestra cultura están vinculadas a la historia de la guerra. En última instancia, comprender las motivaciones culturales de la guerra también puede decirnos cómo podemos trabajar para construir la paz.

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Fuente: Sapiens/ Traducción: Maggie Tarlo

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