
por ELAINE AYERS – Universidad Yale
Con la esperanza de rescatar su nombre del olvido, en 1976 el profesor de Harvard Richard Evans Schultes (1915–2001) describió al botánico victoriano Richard Spruce (1817–1893) como uno “de los más grandes naturalistas que jamás se hayan dedicado a la recolección” (Schultes 1976). Schultes, ampliamente conocido como el “padre de la etnobotánica”, pasó gran parte de su carrera desandando la expedición de quince años de Spruce por América del Sur (1849–1864). Siguiendo los pasos de Spruce, rastreó plantas que iban desde el caucho y las palmeras, de gran valor económico, hasta psicodélicos que alteran la mente. A lo largo del camino, y durante las décadas posteriores, leyó y reinterpretó las observaciones antropológicas de Spruce, publicó sus manuscritos y cartas, organizó conferencias conmemorativas en su honor e incluso recurrió al financiamiento colectivo para colocar una placa en la casa de Spruce en Yorkshire. Schultes estaba, en definitiva, perdidamente consagrado a un hombre que había muerto veintidós años antes de su propio nacimiento. Como resultado, el legado de Spruce, junto con el de Schultes, quedó enredado dentro del emergente campo de la etnobotánica, definiendo casi un siglo de investigación y formación en las ciencias de las plantas.1
A partir de las vidas entrelazadas de Spruce y Schultes, abordo la historia más amplia de la etnobotánica amazónica: una disciplina difusa definida por la interacción con comunidades indígenas que ambos hombres consideraban “primitivas” (Spruce 1908; Schultes 1988). Si bien el pensamiento de Schultes sobre las personas con las que vivió, trabajó y estudió evolucionó a lo largo del siglo XX, no dejó de practicar una suerte de etnobotánica de salvataje, registrando información tanto sobre plantas como sobre pueblos que temía que se perdieran a causa de los sistemas coloniales establecidos durante el siglo XIX, en parte por recolectores como Spruce. De hecho, la etnobotánica legitimó la extracción de conocimiento bajo el estandarte de la ciencia y la conservación ambiental, y reafirmó el culto al héroe y la mitificación de la región de formas sorprendentemente lineales. ¿Cómo podemos entender la historia y la práctica de la etnobotánica sin centrar los relatos en un puñado de hombres blancos, algo que parece ser el objetivo opuesto de la disciplina misma? ¿Puede la etnobotánica existir en absoluto sin su pasado colonial, dadas las dinámicas de poder que siguen operando profundamente?
Al partir hacia el Amazonas en 1849, los objetivos de Spruce eran múltiples. Al recolectar y describir las plantas de Brasil, Ecuador y Perú, el botánico se vio tironeado entre su obsesión científica por las briófitas (musgos, hepáticas y antóceras), su necesidad de asegurar financiamiento continuo a través de actividades como el contrabando de quina (que facilitó el colonialismo de asentamiento a largo plazo en todo el Imperio Británico gracias a la extracción de la quinina antifebril) y su vida cotidiana con los guías, porteadores y expertos indígenas que hicieron posible este trabajo. Los escritos de Spruce ejemplifican las complejidades del trabajo de campo colonial —un concepto problematizado recientemente por los historiadores Rosanna Dent, Etienne Benson y Cameron Brinitzer—, oscilando entre los intentos de registrar las costumbres, lenguas e interacciones indígenas con las plantas y los comentarios sobre su “pereza” y lo que él consideraba su primitivismo cultural (Dent 2022; Brinitzer y Benson 2022). Durante su tiempo en las selvas y afluentes del Amazonas, Spruce recolectó alrededor de 14.000 especímenes de herbario y más de 300 objetos “etnobotánicos”, muchos de ellos alojados actualmente en los Royal Botanic Gardens, Kew, que iban desde canastas y armas hasta instrumentos musicales y objetos sagrados (Cornish y Nesbitt 2014). Sin embargo, el botánico murió relativamente desconocido y empobrecido, sin llegar a alcanzar un reconocimiento científico generalizado en su época.
Entra en escena Schultes. Atribuyendo su amor por la botánica amazónica al hecho de que le leyeran de niño la obra de Spruce publicada de forma póstuma, Notes of a Botanist, Schultes tejió el trabajo del explorador en su propia carrera, tanto en su etapa de estudiante como de profesor y curador en Harvard (Kandell 2001; Schultes 1990). Si bien a Schultes se lo recuerda por recolectar y describir miles de especies de plantas (incluidos alucinógenos como la ayahuasca) y por su trabajo crítico sobre las plantas de caucho durante la Segunda Guerra Mundial, su personaje cuidadosamente elaborado —influenciado por su admiración hacia Spruce— facilitó en última instancia su éxito y ayudó a instalar la etnobotánica en la consideración pública (Sheldrake 2020). Las fotografías de Schultes posando sin camisa, fumando con indígenas amazónicos y encaramado en las rocas con atuendo colonial (casco de corcho incluido) presentan la imagen del explorador de manual, aunque profundamente integrado en las comunidades que estudiaba (Davis 2004). En su propio libro sensacionalista, el antiguo alumno de Schultes, Wade Davis, lo describió como “el último de los grandes exploradores de plantas en la tradición victoriana” (Davis 1985). Los esfuerzos de Schultes por darle a Spruce la atención que creía que merecía ayudaron a moldear este legado. Aunque Spruce sigue estando poco estudiado desde una perspectiva histórica, ha sido adoptado por los botánicos como un hábil recolector y taxonomista, y resulta difícil abordar la obra de uno de estos hombres sin tropezar con el otro (Seaward 2010).
Desarmar estos legados hagiográficos dentro del campo nos deja una visión problemática de la etnobotánica, y en especial de la etnobotánica de salvataje. ¿Cómo conciliar la devoción de Schultes por catalogar y preservar las plantas, lenguas y costumbres de los indígenas amazónicos, estrechamente ligada a su angustia ante una pérdida permanente, con su obsesión por Spruce, un agente del colonialismo? Al replantear este continuo interés en el conocimiento experto de los indígenas sobre las plantas como un saber “salvaje”, Raphael Uchôa inscribe a Schultes en un legado de etnociencia, argumentando que el deseo de conocer lo “primitivo” se extendió más allá del “fin” del período colonial (Uchôa 2024). De hecho, varios académicos han vinculado la etnobotánica de salvataje con una tradición más amplia de etnociencia extractiva que ha separado el conocimiento indígena de la “ciencia occidental” de formas paternalistas y racializadoras (Uchôa, Müller-Wille y Mercer 2024). Impulsado por los temores a la pérdida, una gran cantidad de material etnobotánico —especímenes, documentos escritos e incluso objetos sagrados— llena hoy los armarios y pasillos de las colecciones de historia natural en todo el Norte Global.
Si bien en los últimos años algunas instituciones, incluida Kew, han comenzado a considerar la repatriación o formas menos directas de redistribución del conocimiento, los historiadores de este campo también deben rendir cuentas ante estos legados coloniales complejos y centrados en la personalidad, reconociendo inclusive nuestra propia participación en ellos. La etnobotánica fue moldeada por un pequeño número de profesionales que, a su vez, formaron o siguen formando a los académicos que hoy están en actividad, incluyéndome a mí.2 Después de años de estudiar a Spruce en mi investigación más amplia sobre la recolección botánica del siglo XIX en la construcción de los “trópicos”, hace poco me encontré incómodamente conectada a un hombre al que consideraba muerto hace tiempo y lejano, enlazado a través de una línea de recolectores que parecían pasarse la posta unos a otros. Más de uno de mis mentores y de los expertos a quienes consulto habitualmente para preparar el manuscrito de mi libro trabajaron con Schultes, y me deleitaron con historias sobre su descomunal personalidad mientras tomábamos algo. Mi amiga cercana, encargada de colecciones en un jardín botánico, me mandó un mensaje de texto esta mañana para contarme que estaba en el trabajo digitalizando su material. Escribir la historia de la etnobotánica debe incluir el reconocimiento y el cuestionamiento del carácter inextricable del campo respecto de la violencia y la extracción coloniales, incluso cuando se intenta contar historias que incluyan voces más allá de estos pocos hombres prominentes. Al retomar el proyecto de mi libro a medida que disminuyen los días de verano dedicados a la investigación, observo un espécimen de hepática recolectado por Spruce en Ecuador, albergado en el New York Botanical Garden, junto a uno de los cuadernos de campo de Schultes, digitalizado por Harvard, y me considero una parte enredada de este legado, eligiendo mis palabras con cuidado.
Notas
(1) Schultes describió la etnobotánica como “el registro completo de los usos de la vida vegetal y los conceptos sobre ella en las sociedades primitivas”, lo cual abarcaba desde los usos farmacológicos de las plantas hasta sus historias, significados culturales y estructuras fisiológicas, todo ello arraigado en la práctica antropológica (Kahn 1992). Hoy en día, el campo se define a grandes rasgos en la intersección entre la botánica y la antropología, basándose típicamente (aunque no siempre) en estudios de investigadores que trabajan en instituciones del norte global sobre los sistemas de conocimiento de las comunidades indígenas, por lo general vinculados todavía a las ideas de la antropología de salvamento. Aunque algunos proyectos etnobotánicos recientes buscan restituir la justicia a los grupos indígenas, abogando por derechos y protecciones legales, las jerarquías institucionales y las actitudes paternalistas, e, incluso, el propio deseo de publicar y visibilizar este conocimiento, siguen abundando.
(2) Recientemente, un equipo de investigadores de Kew colaboró con investigadores del Jardín Botánico de Río de Janeiro y del Instituto Socioambiental para digitalizar y hacer accesible gran parte de la colección, al tiempo que capacitaban a botánicos brasileños e incorporaban el material al Herbario Virtual Reflora. Esto incluyó un taller con participantes indígenas de las comunidades con las que Spruce se relacionó en el siglo XIX. Para más información, consulta: https://www.kew.org/read-and-watch/mobilising-richard-spruce-legacy
Referencias
Brinitzer, Cameron, and Etienne Benson. 2022. “Introduction: What is a Field? Transformations in Fields, Fieldwork, and Field Sciences Since the Mid-Twentieth Century.” Isis 113, no. 1: 108–113.
Cornish, Caroline, and Mark Nesbitt. 2014. “Historical Perspectives on Western Ethnobotanical Collections.” In Curating Biocultural Collections: A Handbook, edited by Jan Salick, Katie Konchar, and Mark Nesbitt. Richmond, U.K.: Royal Botanic Gardens, Kew.
Davis, Wade. 1985. The Serpent and the Rainbow: A Harvard Scientist’s Astonishing Journey into the Secret Societies of Haitian Voodoo, Zombis, and Magic. New York: Simon and Schuster.
Davis, Wade. 2004. The Lost Amazon: The Photographic Journey of Richard Evans Schultes. San Francisco: Chronicle Books.
Dent, Rosanna. 2022. “Whose Home is the Field?” Isis 113, no. 1: 137–143.
Kandell, Jonathan. 2001. “Richard E. Schultes, 86, Dies: Trailblazing Authority on Hallucinogenic Plants.” The New York Times, April 13.
Kahn, E. J. 1992. “Jungle Botanist.” The New Yorker, May 25.
Schultes, Richard Evans. 1976. “Richard Spruce and the Ethnobotany of the Northwest Amazon.” Rhodora 78: 65–72.
Schultes, Richard Evans. 1988. “Primitive Plant Lore and Modern Conservation.” Orion Nature Quarterly 7, no. 3: 8–15.
Schultes, Richard Evans. 1990. “Notes on the Difficulties Experienced by Spruce in his Collecting.” Rhodora 92, no. 896: 42–44.
Seaward, Mark R. D. 2010. “Richard E. Schultes and the Botanist-Explorer Richard Spruce (1817 – 1893).” Harvard Papers in Botany 15, no. 2: 447–454.
Sheldrake, Merlin. 2020. “The ‘Enigma’ of Richard Schultes, Amazonian Hallucinogenic Plants, and the Limits of Ethnobotany.” Social Studies of Science 50, no. 3: 345–376.
Spruce, Richard. 1908. Notes of a Botanist on the Amazon and Andes, Vol. I-II, edited by Alfred Russel Wallace. London: Macmillan.
Uchôa, Raphael. 2024. “‘Savage Knowledge,’ Ethnosciences, and the Colonial Ways of Producing Reservoirs of Indigenous Epistemologies in the Amazon.” Journal of Social Ontology 10, no. 2: 1–23.
Uchôa, Raphael, Staffan Múller-Wille, and Harriet Mercer, eds. 2024. “Science and its Others: Histories of Ethnoscience.” History of Anthropology Review 48.
Fuente: Cultural Anthropology. Traducción: Maggie Tarlo