
por PETER SUTORIS – Universidad de Leeds
Durante gran parte de la última década, los debates ambientales han estado dominados por una sola pregunta: ¿Qué tan rápido podemos descarbonizar? Es decir, ¿cómo reducir los gases de efecto invernadero emitidos por actividades como la calefacción de nuestros hogares, el transporte y la producción de alimentos y bienes? La urgencia está justificada. Pero a medida que la política climática madura, surge otra pregunta más incómoda. Reducir las emisiones de carbono es esencial, pero es solo una parte de un desafío ambiental más amplio definido por cuánto producen y consumen las sociedades en su conjunto. Incluso en un futuro de bajas emisiones de carbono, ¿cuánto es suficiente?
Esta pregunta constituye el núcleo de un creciente cuerpo de investigación sobre la “suficiencia”, a menudo enmarcada a través de la idea de los corredores de consumo. El concepto es simple en teoría: las sociedades deberían garantizar un piso de consumo que asegure una vida digna para todos, estableciendo al mismo tiempo un techo por encima del cual el consumo socave los límites planetarios, tales como la estabilidad climática, los ecosistemas saludables, el uso de la tierra y los sistemas de agua dulce. Entre esos límites se encuentra un corredor donde las personas pueden vivir bien sin desestabilizar los sistemas de los que depende la vida. Este marco vincula la sostenibilidad con la equidad, reconociendo que no se debe pedir a las personas que viven en la pobreza que consuman menos, mientras que aquellos con huellas ecológicas mucho mayores podrían necesitar reducir su escala.
La suficiencia ya no es una idea marginal. Los investigadores climáticos estiman ahora que los cambios en sectores como la construcción, el transporte y la agricultura podrían reducir las emisiones globales entre un 40 y un 70 por ciento para mediados de siglo. En Europa, los responsables políticos y los investigadores están empezando a explorar cómo integrar estas ideas en la política de vivienda y construcción, incluyendo la imposición de límites al tamaño per cápita de las nuevas viviendas en los países más ricos. Grupos de la sociedad civil e institutos de investigación han ido más allá, desarrollando opciones políticas concretas para aplicar la lógica de la suficiencia a los edificios, el transporte y el uso de la energía.
Sin embargo, a medida que los gobiernos y los investigadores comienzan a convertir la suficiencia de teoría en política, surge un problema más difícil: ¿Quién decide dónde deben fijarse el piso y el techo, y para quién?
Esa pregunta es importante porque los límites ambientales no son solo decisiones técnicas, son decisiones políticas. En muchas democracias, las medidas de sostenibilidad enfrentan una resistencia cada vez mayor, no porque la gente rechace de plano la protección del medio ambiente, sino porque la experimentan como algo impuesto desde arriba. En este clima político, la suficiencia puede profundizar las sospechas de una extralimitación burocrática, o podría ofrecer una forma de reconectar la política ambiental con la toma de decisiones democrática.
Los techos no son hechos neutrales que esperan ser descubiertos. Reflejan juicios sobre lo que se considera necesidad, exceso y equidad. Si estos juicios se realizan mediante un decreto tecnocrático en lugar de una deliberación democrática, la suficiencia corre el riesgo de reforzar una narrativa familiar y políticamente poderosa: que la sostenibilidad erosiona la libertad y margina la voz pública.
Los estudios muestran que la oposición a las políticas climáticas, como los impuestos al combustible y al carbono, suele estar motivada menos por el escepticismo climático que por la desconfianza en las instituciones y la percepción de injusticia. Cuando los límites ambientales se experimentan como mandatos verticales, pueden provocar una resistencia antiautoritaria, incluso cuando los objetivos ambientales cuentan con un amplio apoyo.
Los viajes en avión ponen estas tensiones de relieve. La aviación representa aproximadamente el 2,5 por ciento de las emisiones mundiales de dióxido de carbono, y su contribución al calentamiento asciende a alrededor del 4 por ciento si se incluyen ciertos efectos atmosféricos como las estelas de condensación. Volar es también profundamente desigual. Una pequeña minoría de viajeros frecuentes es responsable de una parte desproporcionada de las emisiones de la aviación, mientras que gran parte de la población mundial nunca vuela.
Desde la perspectiva de la suficiencia, la aviación es un candidato obvio para la reducción. Las propuestas políticas incluyen gravámenes para viajeros frecuentes que aumentan el costo de cada vuelo adicional realizado en un año, así como presupuestos personales de vuelo diseñados para frenar los viajes excesivos, protegiendo al mismo tiempo los viajes ocasionales y esenciales. Pero el desafío no es solo cómo reducir las emisiones. Es cómo decidir qué viajes son legítimos y quién puede tomar esa decisión.
La pandemia de Covid-19 ofreció un vistazo revelador de cómo pueden desarrollarse estas decisiones. En marzo de 2020, los gobiernos de todo el mundo restringieron la aviación. En el Reino Unido, los funcionarios advirtieron contra todos los viajes internacionales no esenciales, mientras que la Unión Europea impuso una restricción temporal a los viajes no esenciales hacia el bloque. Estas categorías a menudo no reflejaron las realidades vividas en el terreno. Investigaciones recientes han documentado el costo humano de estas políticas, ya que trabajadores migrantes que visitaban a sus familias, parejas binacionales que intentaban reunirse y personas que regresaban para cuidar a familiares vieron sus necesidades comprimidas en rígidas definiciones burocráticas.
La lección no es que los límites sean intrínsecamente ilegítimos. Es que la legitimidad depende del proceso. Aquí es donde la suficiencia llega a una encrucijada política. Definida burocráticamente, corre el riesgo de convertirse en otro ejemplo citado por los críticos de la “extralimitación” ambiental. Pero definida democráticamente, podría ayudar a reconstruir la confianza en lugar de erosionarla.
Existe una evidencia creciente de que los ciudadanos son capaces de abordar seriamente los límites ambientales cuando se les da la oportunidad. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos ha documentado cientos de asambleas ciudadanas sobre el clima en todo el mundo. Los análisis de tales procesos muestran que los participantes frecuentemente respaldan medidas orientadas a la suficiencia, particularmente en sectores como el transporte. Por ejemplo, una convención climática ciudadana nacional en Francia ideó una solución creativa al proponer límites a los vuelos nacionales donde existieran alternativas ferroviarias menos contaminantes.
La deliberación no elimina el desacuerdo, ni garantiza resultados ambiciosos. Pero hace que las compensaciones sean visibles y cuestionables. Desplaza la sostenibilidad de un proyecto de cumplimiento a uno de autogobierno colectivo. En este sentido, la suficiencia no es solo una propuesta ambiental, sino una prueba democrática.
La suficiencia se presenta a menudo como un llamado a vivir con menos. En realidad, es una demanda para decidir juntos qué necesitamos realmente para vivir bien en un planeta finito; lo que, para algunos, de hecho significa vivir con más. La tecnología y los modelos económicos pueden ayudarnos a entender qué es físicamente posible, pero no pueden decirnos qué es socialmente aceptable o moralmente justo. Esos juicios pertenecen al ámbito público.
Para que la sostenibilidad ambiental tenga éxito, debe entenderse no solo como un proyecto técnico, sino como un logro político. Los límites más difíciles que enfrentamos no son solo ecológicos, sino democráticos. El éxito de la suficiencia dependerá menos de dónde se fijen los techos que de si las sociedades están dispuestas a confrontar la pregunta de “qué es suficiente” de manera colectiva, abierta y con cuidado.
Undark. Traducción: Mara Taylor