
por UROS KOVAC – Universidad de Groningen
El organismo rector del fútbol mundial, la Fifa, está presentando el Mundial 2026, y el fútbol mundial en general, como una celebración de la inclusión y la diversidad. Se expone como un presagio de paz y esperanza, e incluso, de algún modo, como un salvador de los migrantes africanos que se ahogan al intentar cruzar el mar Mediterráneo.
Esta postura humanitaria no debería distraernos de la existencia de una precaria clase global de migrantes. Ellos han viajado (especialmente desde África occidental) hacia Europa (y otros lugares) por diversos medios, con el sueño de ganarse la vida jugando al fútbol. Como han demostrado numerosas investigaciones, muchos se quedan varados como migrantes en situación irregular, manipulados por agentes engañosos o explotados por clubes de fútbol.
A pesar de las investigaciones matizadas y de larga data sobre este tema, los migrantes futbolísticos de África occidental siguen apareciendo habitualmente en los titulares por razones más sensacionalistas. Se informa sobre ellos ya sea como víctimas de la trata de personas o como figuras destacadas en el fútbol de élite.
La trata de personas en el fútbol y a través de él ciertamente existe. Ha sido explicada detalladamente por académicos y periodistas de investigación. Pero centrarse únicamente en la condición de víctima o en las estrellas de élite no hace justicia a las realidades, aspiraciones y desafíos más comunes de los migrantes que están transformando la Europa actual y su fútbol.
He pasado más de una década realizando investigaciones antropológicas sobre las migraciones relacionadas con el fútbol desde África occidental hacia Europa. Más recientemente, entrevisté a migrantes en Bélgica y Europa del este, basándome en mi trabajo anterior con aspirantes a jugadores en el oeste de Camerún.
Descubrí que, entre los titulares alarmistas y las narrativas de salvadores, la historia real es la de una clase altamente precaria de migrantes ambiciosos y resilientes que navegan en una industria traicionera impulsada por el lucro y en regímenes fronterizos violentos.
Sueños de fútbol
Una encuesta reciente realizada por académicos de la migración en África occidental preguntó a los jóvenes (de 18 a 39 años) cuál era el sueño más importante de sus vidas. En Ghana, el 13% de los hombres jóvenes dijo que era convertirse en futbolista profesional. En Gambia, fue el 10%.
Estos son porcentajes muy altos, y probablemente serían mucho mayores si la encuesta se realizara entre una población más joven (como de 15 a 30 años). Son especialmente llamativos si se considera que solo unos pocos aspirantes tienen una oportunidad real de “lograrlo” como profesionales.
Las oportunidades futbolísticas en las ligas locales de África occidental son limitadas, inciertas y, a menudo, no muy bien pagadas. Soñar con el fútbol profesional casi siempre significa soñar con emigrar al extranjero.
Jugar y entrenar al fútbol se ha convertido en una de las vías más deseables para que los hombres jóvenes intenten emigrar, ganarse la vida y empezar a mantener a sus familias. Los aspirantes a futbolistas de África occidental intentan viajar a cualquier parte, aunque Europa sigue siendo el destino preferido.
La migración como un “hustle” (rebusque)
Los jóvenes de países como Ghana, Gambia, Costa de Marfil y Nigeria viajan a Europa por cualquier ruta disponible. Muchas de estas rutas tienen poco que ver con los traspasos oficiales de jugadores entre clubes.
Un aspirante a futbolista ghanés que conocí en 2024 en Bélgica, por ejemplo, llegó a Europa en barco. Lo hizo a través de una ruta clandestina, pasando por Libia e Italia, que algunos de sus amigos gambianos llamaban “el camino de atrás”. Solo después de llegar a Europa empezó a buscar oportunidades futbolísticas en clubes de divisiones inferiores. Vivía con su padre y su hermano en Bélgica mientras solicitaba un permiso de residencia basado en la reunificación familiar.
No todos toman una ruta peligrosa. Pero gran parte de la migración inspirada en el fútbol se produce a nivel informal, a través de intermediarios informales y familiares que ya viven en el extranjero. Los traspasos autorizados oficialmente se limitan a los más talentosos y a los más afortunados.
Los futbolistas con los que trabajé a veces llaman a esto un “hustle” (rebusque o lucha diaria). El término también se utiliza de manera más general en África occidental para referirse a la búsqueda de un medio de vida, habitualmente negociando en una economía informal incierta pero flexible.
Para los aspirantes a migrantes, significa encontrar formas de moverse y navegar por aguas transnacionales en un contexto en el que las solicitudes de visado se rechazan sistemáticamente y las rutas de migración regulares son difíciles de conseguir.
Una prisión de oro
El rebusque puede ser emocionante y gratificante, pero también increíblemente duro y lleno de sufrimiento. Uno de los participantes de mi investigación fue un marfileño que se quedó varado en Bélgica como migrante en situación irregular tras haber sido mal gestionado por un agente codicioso. Describió su situación como una “prisión de oro”. De oro por la oportunidad de tener una carrera brillante en Europa, y una prisión debido a su estatus no autorizado que lo dejaba temeroso y confinado a un pequeño dormitorio.
Cuando les preguntaba a jóvenes como él por qué se quedaban en Europa después de no firmar contratos de fútbol, respondían que tenían que seguir luchando. Que eran conscientes de que tal vez nunca volverían a tener otra oportunidad de salir de África, ya fuera por el fútbol o por otra razón. En otras palabras, los estrictos regímenes fronterizos les impedían moverse con mayor libertad. Los empujaban hacia rutas no autorizadas y hacia los márgenes de la sociedad.

Las autoridades suelen señalar a los agentes sin escrúpulos y a los traficantes para combatir el problema. Pero estas personas son solo una parte de un conjunto de problemas más amplios.
También seguí e entrevisté a intermediarios del fútbol: agentes, entrenadores y propietarios de clubes que buscan organizar y controlar la movilidad de los futbolistas. Descubrí que se movían tanto por el lucro como por un deseo genuino de ayudar a los jóvenes a alcanzar sus sueños. Cuando les preguntaba por qué buscaban acuerdos inciertos (y a veces turbios) y cambiaban de planes con frecuencia, me explicaban que tenían que responder a las demandas constantemente cambiantes del mercado global. Los intermediarios eran empresarios ocupados en su propio “hustle”: el especulativo y voluble negocio global de los traspasos de fútbol.
Por último, cuando les preguntaba a los futbolistas por qué viajaban en primer lugar, respondían que las oportunidades económicas para los jóvenes en África occidental no se pueden comparar con las disponibles en el extranjero, ya sea en el fútbol o en cualquier otro ámbito. Una razón clave por la que los jóvenes se ven impulsados a buscar “pastos más verdes” es la evidente desigualdad económica entre el norte global y el sur global.
Desigualdades sistémicas
Problemas como estos (el capitalismo especulativo, las fronteras violentas, las desigualdades globales y un racismo que es tanto obvio como encubierto) son estructurales y están profundamente arraigados. No son exclusivos de las migraciones futbolísticas.
Estos problemas no se resolverán simplemente persiguiendo a los agentes sin escrúpulos. Las etiquetas indiscriminadas de “trata” y “comercio de esclavos” pueden encubrir eficazmente los problemas comunes que experimenta la mayoría de los migrantes. Ocultan las desigualdades subyacentes que hacen que sus caminos sean precarios.
Las historias de los migrantes del fútbol en mi estudio no reflejan tanto los casos de un comercio moderno de esclavos que acaparan los titulares, y ciertamente tampoco las narrativas autocomplacientes de diversidad e inclusión. Revelan una historia mucho más común: la de la ambición y la resiliencia en un mundo desigual e injusto.
The Conversation. Traducción: Horacio Shawn-Pérez