Geografías culturales

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por PERLA ZUSMAN y ROGÉRIO HAESBAERT

Las Geografías Culturales ocupan hoy un lugar destacado en la agenda de la Geografía como disciplina. A su vez, constituyen un área de trabajo que mantiene un fluido diálogo con otros campos, particularmente, con las diversas perspectivas que se tejen en el marco de los estudios culturales.

El espacio, tanto institucional como epistemológico, que las Geografías Culturales han adquirido en el interior de la disciplina desde los inicios de la década de 1990 no se explica solo por el “giro cultural” sino también por algunas transformaciones del mundo de hoy que requieren poner en juego la relación espacio-cultura.

En primer lugar, el capital actúa de modo tal que distintas expresiones culturales –presentes o pasadas, occidentales o no occidentales– han sido objeto de mercantilización o, en términos de David Harvey (2003), de estrategias de acumulación por desposesión. En este contexto la producción/reinvención de la diferencia adquiere cada vez mayor peso a fin de crear nuevos nichos de mercado. Así, el valor simbólico es crecientemente incorporado a las mercaderías, a los lugares y a los paisajes. Simultáneamente, distintos actores sociales (empresas transnacionales, gobiernos locales, movimientos sociales, ONG, grupos étnicos, religiosos o lingüísticos, entre otros) se valen de prácticas materiales y simbólicas para reivindicar su lugar en el mundo.

En segundo lugar, junto con la globalización se han desencadenado prácticas de homogeneización y heterogeneización que involucran modas, valores y creencias. Por ejemplo, las empresas transnacionales han hecho del consumo de sus productos un objeto de distinción o de estatus de ciertos sectores sociales. También algunos organismos internacionales, como aquellos asociados a la patrimonialización –por ejemplo, el Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (ICOMOS)–, definen criterios globales para situar ciertos ámbitos geográficos en la escena internacional. Sin embargo, las prácticas globales afectan de modo diferencial a los lugares. Mientras que algunas sociedades crean nuevas formas culturales a partir de la influencia de aquellas prácticas globales, otras prefieren mantenerse en una postura predominantemente defensiva. Ello se expresa mediante algunas reivindicaciones identitarias históricas (como ciertos regionalismos) o a través de otras nuevas (como se observa en el caso de los movimientos ambientalistas e indígenas latinoamericanos).

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En tercer lugar, se han intensificado los flujos de población, particularmente, los migratorios y los turísticos. En este caso, no son las empresas, sino los propios grupos sociales los que, con sus desplazamientos, llevan concepciones del mundo y modos de concebir la realidad de un ámbito a otro. A los movimientos de población debemos agregar otros tipos de flujos, no materiales: los de las redes informáticas. El ciberespacio se ha convertido en un nuevo ámbito de producción de comunidades culturales (virtuales) con implicancias en la construcción social y espacial de la realidad. Estas son solo algunas de las transformaciones que, a la vez que han aproximado a las personas y sus culturas y han conformado sociedades multi o transculturales y lugares híbridos, han desencadenado también nuevos procesos de exclusión.

Con el fin de problematizar y tematizar estos procesos, las Geografías Culturales ponen en juego la propia tradición disciplinar y recurren, también, a los abordajes y conceptos de otras áreas. De ese modo, construyen nuevas aproximaciones. Así, por ejemplo, a la forma clásica de trabajar la relación entre espacio y cultura a través de lo material y lo visible, iniciada con la propuesta saueriana en la década de 1930, se le han sumado otras aproximaciones que, con larga trayectoria en la Antropología, han buscado analizar la multiplicidad de significados y representaciones que atraviesan el mundo de lo simbólico y que elaboran y recrean la realidad material.

La perspectiva antropológica –mediada, por ejemplo, por los estudios de las geógrafas feministas– permitió, también, incorporar ciertas preocupaciones sobre el posicionamiento del investigador y sobre la necesidad de otorgarles voz a aquellos que, hasta el momento, no habían tenido su espacio y habían sido excluidos como sujetos y objetos de reflexión en la Geografía.

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Por su lado, la escuela de Birmingham, representada por las producciones de Stuart Hall, Raymond Williams y Richard Hoggart, entre otros, ha ampliado el concepto de cultura a todas las prácticas sociales cotidianas. En esta línea de trabajo se entiende también que las significaciones de las prácticas culturales están atravesadas por relaciones de poder y que, por lo tanto, son objeto de negociación y también de resistencia.

A estos aspectos debemos agregar los aportes de los estudios literarios, particularmente, el del trabajo de John Berger, Modos de ver (2002) y el libro Orientalismo de Edward Said (2002). Estas obras fundacionales sirvieron para quebrar con la perspectiva que consideraba la representación como mero reflejo de la realidad para trabajar, en cambio, con las políticas de representación, ya que estas pueden “revelar más acerca de aquellos que poseen la facultad de definirlas que acerca de aquellos cuyas vidas tratan de representar” (Philo, 1999: 45).

La crítica literaria también introduce la interpretación de textos como método de trabajo, mediante el cual estos son analizados en su contexto y/o en relación con otros textos para examinar su significatividad.

Las implicancias epistemológicas del “giro cultural” han afectado a distintos subcampos de la Geografía. Ello ha llevado a algunos autores (Haesbaert, 2008; Claval, 2011) a reconocer que la Geografía Cultural más que una subárea dentro de la Geografía se constituye en un tipo de abordaje. Así, por ejemplo, en algunos estudios de Geografía Rural, la naturaleza es ahora trabajada en términos discursivos y simbólicos; se focaliza la atención en las formas en las que se construyen ciertas narrativas de imágenes en torno a la naturaleza y se discute el uso político de algunas de esas representaciones (Nates Cruz y Raymond, 2007). Del mismo modo, en el marco de la Geografía Política, el poder puede discutirse no solo a partir de la “dominación” y la “manipulación” sino a través de la “seducción” (Allen, 2003) o, en el ámbito de la Geografía Económica, la economía puede requerir la incorporación de aspectos imaginativos en el análisis (Peet, 1999).

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El abordaje cultural también habría derivado en la redefinición de algunos conceptos que forman parte del cuerpo disciplinar. Así, por ejemplo, los paisajes, entendidos en la Geografía saueriana como expresiones materiales de una cultura, pasan a ser analizados como representaciones que resultan de elaboraciones literarias o pictográficas, o como elementos construidos a través de prácticas performativas. En ambos casos, el paisaje adquiere una connotación estética. Los lugares, pensados desde la Geografía humanista como expresión de las experiencias cotidianas de los sujetos, son ahora diversificados a partir de vivencias diferenciadas desde el punto de vista de género, étnico, religioso o etario. Otros conceptos, como los de región o territorio, no permanecieron ajenos a la renovación cultural; por el contrario, la región comenzó a ser pensada también como un “espacio vivido” (Frémont, 1976) y el territorio como “valor” (Bonnémaison y Cambrézy, 1996). Paisajes, lugares, regiones y territorios participan en las dinámicas que configuran las identidades (una categoría que entra definitivamente en el terreno de la Geografía entre las décadas de 1980 y 1990). Y, al igual que las dinámicas espaciales, las identidades están siempre en proceso de definición; son múltiples, ambivalentes y potencialmente conflictivas.

(*) Fragmento de la introducción de Geografías Culturales:Aproximaciones, intersecciones y desafíos, Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.

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Observatorio de ciencias antropológicas.

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