La antropología es un envase vacío de helado Ben & Jerry’s

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por ALEX GOLUB – Universidad de Hawái  

Debido a que enseño regularmente historia de la antropología, pensé mucho sobre los textos clásicos y la forma de nuestra disciplina. Recientemente también tuve la oportunidad de sentarme en una mesa redonda sobre Descolonización de la Antropología. Sentarme en ese panel me recordó algo que dijo Max Weber. Me encontré por primera vez con los pensamientos de Weber sobre los ideales de valor y la formación de conceptos en la década de 1990. Eso fue en los días en que Weber solía venir a mi apartamento y fumábamos y veíamos anime. En el momento en el que estoy pensando, le dieron muchos bocadillos y se comió un pote de helado de Ben & Jerry’s ―un pote entero― incluso antes de que llegáramos a la primera pausa comercial del episodio de Cowboy Bebop que estábamos viendo. Yo estaba como: “Freckles”, porque en ese entonces todos lo llamaban Freckles, “Freckles, acabas de comerte un pote entero de Ben and Jerry’s en, ¿qué?, dos minutos”. Weber solo me miró y dijo:

“La realidad se ordena según categorías que son subjetivas, en cuanto se basan en el presupuesto del valor de la verdad que el conocimiento es capaz de darnos. No tenemos nada que ofrecer a una persona para quien esta verdad no tiene valor. Todos albergamos alguna creencia en la validez de esas ideas de valores fundamentales y sublimes en las que anclamos el significado de nuestra existencia, pero la configuración concreta de estos valores sigue sujeta a cambios en el sombrío futuro de la cultura humana. Todo aquel que trabaje en las ciencias culturales considerará su trabajo como un fin en sí mismo. Pero, en algún momento, el color cambia: el significado de esos puntos de vista se vuelve incierto, el camino a seguir se desvanece en el crepúsculo. La luz arrojada por los grandes problemas culturales ha entrado. Entonces la ciencia también se prepara para encontrar un nuevo punto de vista y un nuevo aparato conceptual. Sigue a las estrellas que son las únicas que pueden dar sentido y dirección a su obra”.

En ese momento, esas palabras tuvieron un profundo efecto en mí, a pesar de que, mientras las pronunciaba, Weber tenía a Cherry García goteando por su barba. Me hicieron darme cuenta de que la antropología es simplemente un envase vacío, y nuestros proyectos existenciales, las cosas que nos importan, son el helado que lo llena.

Cuando digo que la antropología es un envase, quiero decir que es una colección de instituciones: departamentos académicos, asociaciones profesionales, sucursales de agencias de financiación y algunas fundaciones privadas. Etnográficamente no sería demasiado difícil de describir. Estas formas son claves para la economía política de la disciplina, y por ello condicionan su desenvolvimiento. Pero en última instancia, esas instituciones solas no dan forma a la disciplina. La disciplina misma —lo que se dice y se piensa, los debates y consensos, los libros y artículos— es el resultado de los proyectos existenciales que las personas traen a estas instituciones. Los intereses y preocupaciones fundamentales que impulsan sus biografías, lo que Freckles llamó sus “ideas de valor” o “grandes problemas culturales” o “punto de vista”, son los que llenan estas instituciones, de la misma manera que Cherry García llena un envase de helado vacío. Son nuestros proyectos existenciales los que dan vida a estas instituciones.

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Por supuesto, el helado y el envase se moldean entre sí y también por otros factores, la causalidad es complicada, bla, bla, bla. Mi punto aquí es simplemente que “la antropología” no es un leviatán, no es una persona que tiene un conjunto de ideas de valor y grandes problemas conceptuales. Los antropólogos tienen proyectos existenciales. La “antropología” no. Y diferentes antropólogos tienen diferentes valores. Consideren, por ejemplo, lo siguiente: “Los antropólogos deberían reunir textos y objetos para que cuando los indios desaparezcan tengamos un corpus representativo de su vida igual al reunido de la antigüedad clásica” (Boas).

Esto es similar, pero también es diferente: “Los mitos y leyendas del Hombre Primitivo son obras de arte supremas, y la antropología debe ser su conocedor” (Lévi-Strauss).

Que también es similar pero diferente de: “Los antropólogos deben eliminar el zumbido y la confusión del mundo para revelar la estructura social subyacente de las Sociedades Primitivas para que podamos participar en un análisis comparativo y generalizador de ellas” (Radcliffe-Brown).

La “antropología” parece tener un proyecto cuando la enseñamos. Cuando enseñamos, usamos programas y libros de texto que son “presentistas” y “teleológicos”. Son simplificaciones del pasado que les contamos a los alumnos para que nuestros proyectos existenciales sean naturales, inevitables y legítimos. La historia de la antropología es a menudo lo que llaman “historia disciplinaria”. Su objetivo es proporcionar una historia sobre el pasado que se pueda utilizar en el presente. Seleccionamos y elegimos lo que necesitamos. O, como me dijo Freckles una vez: “La vida y su reserva de posibles significados son inagotables. La luz que arrojan los ideales de valor cae sobre una parte finita y en constante cambio de la inmensa y caótica corriente de sucesos que se abren paso a través de las edades”.

De hecho, la mayor parte de la historia de la antropología no consiste en antropólogos dando cada vez mejores respuestas a preguntas establecidas y progresando. Más bien, involucra a diferentes antropólogos que intentan hacer hegemónico su proyecto existencial. La disciplina llegó a la mayoría de edad, esencialmente, en la década de 1920. Su surgimiento fue de transformación gradual, pero la historia que contó fue de disyunción: el reemplazo de la antropología de “sillón” victoriana por una antropología “científica” objetiva y moderna. Desde entonces, las ruedas han seguido girando. Ya sea la “nueva etnografía” (Goodenough 1956) o el “repensar la antropología” (Leach, 1961) o la “reinvención de la antropología” (Hymes, 1969), gran parte de la historia de nuestra disciplina involucra viejos proyectos que son eliminados por otros nuevos: la luz que arrojan nuestros proyectos ha avanzado.

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No hay nada de malo en esto, al menos en principio. Y la antropología no necesariamente hace esto más que otras disciplinas; de hecho, probablemente seamos menos presentistas que algunas de las ciencias de sillón, cuyas historias disciplinarias pueden ser escandalosamente ideológicas. Para mí, lo interesante de la historia de la antropología es observar el ballet lento y mortal a medida que los diferentes puntos de vista se disputan posiciones a lo largo de las décadas. Mucho más interesante que una historia de respuestas cada vez más adecuadas.

Pero varios hechos se desprenden de esto: primero, una de las razones por las que es difícil incluir perspectivas más diversas en nuestros programas de teoría es que las personas de color a menudo tienen proyectos existenciales diferentes a los de las personas que tradicionalmente se enseñan en los cursos de historia de la antropología.

Consideren, por ejemplo: “Sabemos que la difusión y la integración dan forma a los patrones culturales, pero ¿no les da forma también el entorno natural?” (Julian Steward).

Compárenlo con: “Nos dijeron que obtendríamos una reconstrucción radical, entonces, ¿cómo terminamos con Jim Crow?” (WEB DuBois).

O con: “¿Cómo puedo ser libre de ser coloreada?” (Zora Neale Hurston).

O con: “¿Cómo podemos usar la antropología para ayudar a los hawaianos a recordar su nación?” (Ty Tengan).

O con: “¿Cuál es ese precio psíquico que el colonizado debe pagar constantemente al colonizador?” (Franz Fanon).

Observen cómo ninguno de estos proyectos incluye líneas como “Cuando los indios desaparecen” u “hombre primitivo” o “sociedad primitiva”. ¿Estamos realmente tan sorprendidos de que éstas no sean las palabras que usó Alfonso Ortiz? Es difícil decir que “personas de todos los colores, credos y géneros han contribuido a la antropología” porque (la mayor parte del tiempo) eso no es realmente cierto. No solo porque no estaban permitidos, sino porque los intereses de la “antropología” en ese momento no les interesaban. Meyer Fortes estaba tan interesado en ser coloreado como Zora Neale Hurston estaba interesada en cómo la estructura social podría regir la conducta dada la opción. Hay diferentes cuestiones en juego porque hay diferentes proyectos en juego.

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Desde mi punto de vista en medio del Pacífico, lo interesante de la antropología es cómo los antropólogos de Standard Haole pueden hacer espacio para los proyectos de otras personas, en lugar de intentar inscribirlos en los nuestros. Es más interesante y… ¡más justo! Pero también reconozco que todo esto significa que crear un programa es un Acto de Voluntad (como diría Freckles) en el que tienes que decidir cuáles son tus prioridades y lo que crees que es importante. Una de las dificultades con la creación de programas de estudios de historia de la antropología es pensar que puedes descubrir qué es la historia y enseñarla. Esto es solo mala fe. La historia se dispara hasta el infinito. Eres tú quien le da la luz. Reconoce el hecho de que eres una luz.

Al final, sospecho que la descolonización de la antropología implicará principalmente la colonización de la antropología, incluso si ese movimiento se califica de fugitivo, resistencia, rebeldía, rechazo u otras formas de acción de oposición. Es poco probable que destruya, supere o reemplace a la antropología antes de que nuestra disciplina sea destruida por la contracción económica y las fuerzas políticas que temen la erudición precisa y el acceso abierto al conocimiento. Comprender nuestro papel en este proceso es importante. Repensar nuestra disciplina es una tarea constante, es cierto. Pero en los Estados Unidos de hoy la tarea es más apremiante que nunca. Porque, como dijo Freckles una vez: “Hay un trabajo inmenso de educación política por hacer, y no hay deber más serio para cada uno de nosotros que ser conscientes de esta tarea de contribuir a la educación política de nuestra nación. Y, sin embargo, incluso frente a una enorme miseria, es la conciencia de nuestra responsabilidad ante la historia lo que pesa aún más sobre nosotros hoy. A nuestra generación no le corresponde ver si la lucha en la que estamos comprometidos dará frutos, ni si la posteridad nos reconocerá como sus antepasados. No lograremos exorcizar la maldición que se cierne sobre nosotros a menos que descubramos cómo convertirnos en algo diferente: los precursores de una época aún mayor”.

Fuente: Savage Minds/ Traducción: Alina Klingsmen

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Observatorio de ciencias antropológicas.

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