Las historias que contamos

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por JULIA GRANATO – Universidad de Oxford

Con manos firmes, una arqueóloga agachada aparta siglos de tierra con un cepillo y deja al descubierto el borde curvo de un cráneo humano. A medida que excava más profundamente, aparecen los huesos delgados de un perro. La arqueóloga hace una pausa y contempla el silencio de esta tumba compartida.

Los huesos ofrecen la ilusión de una historia: un aldeano y su querida mascota, una guerrera con su perro guardián o un perro depositado allí como guía espiritual hacia el más allá. O quizá algo con lo que esta arqueóloga nunca se haya encontrado ni haya leído en su propio mundo limitado.

Los arqueólogos tienen la tarea de reconstruir las vidas y muertes de seres que vivieron hace cientos o miles de años. Buscan significados examinando la disposición de los restos, señales de desgaste, biomoléculas degradadas y otras líneas de evidencia. Incluso con este arsenal de métodos de vanguardia, el pasado rara vez habla con claridad.

Cuando las preguntas sobre estos seres se adentran en el terreno de las motivaciones, las creencias y la identidad, ¿qué podemos saber? ¿Cuánto puede decir la ciencia y cuándo debe intervenir la imaginación?

Como académica que utiliza huesos y genomas antiguos para investigar vidas del pasado, me he enfrentado a estas preguntas sobre los límites del conocimiento, especialmente mientras investigo el fenómeno de los perros y los seres humanos enterrados juntos hace unos mil años en la región báltica de Europa.

A medida que he ido comprendiendo la cuestión, he llegado a la conclusión de que los científicos deben caminar por una línea muy fina entre el silencio y el sensacionalismo cuando comparten sus conclusiones con la sociedad. Los arqueólogos, en particular, deberían crear un espacio tanto para la evidencia como para la imaginación, lo que puede abrir una puerta a mundos alternativos, como uno en el que el significado de un perro trascienda nuestras propias concepciones.

Repensar las vidas no humanas

Los animales (no humanos) presentes en enterramientos no suelen ser considerados significativos por derecho propio. Incluso cuando aparecen en contextos funerarios llamativos (perros acurrucados en tumbas, gatos momificados, caballos depositados en sepulcros), sus historias suelen contarse de manera indirecta. Por lo general, la atención se centra en el papel del animal dentro de la sociedad humana, con posibilidades extraídas de las propias experiencias y cosmovisiones de los arqueólogos. Los animales salvajes, cuando siquiera son reconocidos, suelen atribuirse al ritual o al mito. Los caballos domesticados son vistos como medios de transporte o símbolos de estatus. Los perros han quedado relegados con frecuencia al papel de compañeros serviles.

En el mejor de los casos, estas conclusiones pueden ser suposiciones acríticas; en el peor, refuerzan ontologías “occidentales” y coloniales que presuponen que otras sociedades mantienen relaciones transaccionales con los animales.

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Un ejemplo llamativo procede de un túmulo Hopewell de aproximadamente 1000 años de antigüedad situado en lo que hoy es Illinois, excavado originalmente durante las décadas de 1970 y 1980. Dentro del túmulo, los arqueólogos encontraron una tumba que contenía el esqueleto de un animal con un collar de cuentas de concha alrededor del cuello.

Por su tamaño y forma, durante mucho tiempo se supuso que el animal era un cachorro. Los adornos y el cuidado que se habían puesto en su entierro llevaron a los arqueólogos a suponer que se trataba de un compañero querido, domesticado y criado por seres humanos. La conclusión tenía sentido desde la perspectiva de muchos investigadores de Norteamérica, donde hoy la gente compra golosinas especiales y suéteres tejidos a mano para sus cachorros.

Pero cuando la arqueóloga Angela Perri y sus colegas volvieron a analizar los huesos en 2015, se dieron cuenta de que la criatura no era un cánido: la tumba pertenecía a un joven lince rojo.

Un entierro intencional, con cuentas y una tumba propia, no siempre indica que se trate de una criatura domesticada: los animales salvajes también podían recibir sepulturas elaboradas y cuidadosas.

Los investigadores de hoy no podemos saber exactamente qué significaba aquel lince rojo para quienes lo enterraron. Pero sí podemos afirmar que el animal significaba algo. Alguien eligió envolver su cuerpo, adornarlo y depositarlo en la tierra.

Para ir más allá de las conclusiones extraídas del mundo que conocemos, los investigadores deben observar las relaciones entre seres humanos y animales desde una perspectiva más amplia. En Oxford, la Palaeogenomics and Bio-Archaeology Research Network (PalaeoBARN), dirigida por Greger Larson, investiga cómo los animales se han desplazado, reproducido y vivido junto a los seres humanos. Una de las líneas de este trabajo, dirigida por el investigador AB Siegenthaler, vuelve a examinar enterramientos de animales que quedan fuera de las categorías conocidas de mascotas y animales de ganado, considerando perros, serpientes, aves, pumas y casos como el del lince rojo de Hopewell. Estos enterramientos sugieren relaciones que se resisten a explicaciones basadas en la utilidad, el ritual o la propiedad.

Perros bálticos durante la Edad de Hierro

Mi trabajo con la PalaeoBARN de Oxford, en colaboración con el investigador Eduards Plankājs de la Universidad de Letonia, dirige una mirada igualmente cuidadosa a cementerios de la Edad del Hierro de aproximadamente 1000 años de antigüedad donde seres humanos y perros fueron enterrados juntos. En una tumba tras otra de distintas tribus de la Edad del Hierro en lo que hoy son Estonia y Letonia, los esqueletos de perros fueron colocados junto a los humanos, a veces completamente intactos, a veces acurrucados cerca de ellos, a veces descansando a los pies de una persona.

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Para comprender las vidas que hay detrás de estos enterramientos, nuestro equipo recurre a múltiples líneas de evidencia. Analizamos el ADN antiguo para determinar si los perros pertenecían a linajes locales o procedían de otros lugares, siguiendo patrones de ascendencia y migración. Medimos los isótopos químicos conservados en sus huesos para responder preguntas sobre su alimentación y movilidad: ¿estos animales comían como las personas junto a las que fueron enterrados? ¿Se desplazaban juntos? También estudiamos el desgaste y la cicatrización de sus huesos para observar cómo sus cuerpos respondieron al trabajo, las lesiones y el envejecimiento.

Cada método ofrece una ventana hacia las experiencias de una criatura del pasado. En conjunto, estos datos permiten construir una comprensión más completa no solo de por qué estos perros fueron enterrados con seres humanos, sino también de cómo vivieron estos perros junto a los seres humanos.

Sin embargo, incluso con todos estos datos biológicos y biomoleculares, siguen existiendo muchas narrativas posibles, producidas —o también limitadas— por las propias visiones del mundo de los arqueólogos o extraídas de ejemplos etnográficos. Los perros podrían haber sido símbolos de estatus, y sus cuerpos podrían haber sido colocados en las tumbas de las élites con la misma intención que una hoja cuidadosamente elaborada o un jarrón importado. Quizá los cánidos eran venerados como guardianes espirituales y fueron enterrados para proteger y guiar a una comunidad.

O podría imaginar a un hombre y un perro cuyas vidas estaban más estrechamente entrelazadas. Compartían la comida y jugaban. El perro dormía a los pies de la cama del hombre. Envejecieron juntos. Cuando murieron, alguien tomó la decisión de enterrar al hombre y al perro tal como habían vivido: uno al lado del otro.

Las historias que contamos

Ya imaginemos símbolos de estatus, guardianes espirituales o compañeros de toda la vida, cada interpretación se apoya en los mismos fragmentos de evidencia. Las técnicas científicas proporcionan a los arqueólogos herramientas cada vez más poderosas para iluminar el pasado, pero existe una maleabilidad de nuestras interpretaciones que a menudo no reconocemos.

Podría parecer que presentar el conocimiento científico como algo fijo y dotado de autoridad sería productivo, especialmente en el contexto actual de retórica anticientífica en Estados Unidos, donde las agencias gubernamentales se están retirando de la Organización Mundial de la Salud, promueven el escepticismo respecto de las vacunas y niegan atención médica a jóvenes transgénero, por mencionar algunos ejemplos.

En un contexto así, resulta tentador que los investigadores nos aferremos a la autoridad de la “verdad” científica. Pero el uso indebido de la ciencia no se corrige tratándola como algo incuestionable.

Por el contrario, esta rigidez alimenta una creencia igualmente insidiosa: que la ciencia habla con una voz única y definitiva, proporcionando una verdad fija, incuestionable y objetiva. Esta percepción tergiversa la ciencia y socava precisamente aquello que constituye su fortaleza. Como escribieron el profesor de educación científica Jonathan Osborne y sus colegas en Scientific American: “Cuando no aprendemos la naturaleza del consenso, cómo la ciencia tiende a autocorregirse y cómo los incentivos tanto comunitarios como individuales sacan a la luz las discrepancias entre las teorías y los datos, somos vulnerables a las falsas creencias y a la propaganda anticientífica”.

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En arqueología, la cuestión de cómo presentar las prácticas y teorías científicas resulta especialmente apremiante. Las interpretaciones de gran peso sobre la ascendencia, la identidad y la pertenencia circulan mucho más allá de los espacios académicos y dan forma a la memoria pública, las narrativas políticas y la manera en que las culturas se entienden a sí mismas. No hace falta buscar demasiado para encontrar usos indebidos de este tipo de narrativas: para reforzar el racismo científico, como arma para racionalizar el colonialismo de asentamiento violento y para reforzar falsas dicotomías que sitúan erróneamente el conocimiento indígena en oposición al conocimiento arqueológico o “científico”.

La ambigüedad en la arqueología y en la ciencia puede resultar inquietante, especialmente para los estudiantes y los investigadores que quieren aferrarse al “hecho” como a un salvavidas en aguas inciertas. Pero yo elijo aceptar la ambigüedad como algo generador.

Por ejemplo, los análisis de ADN que mi equipo está realizando podrían revelar relaciones genéticas entre perros enterrados en distintas tumbas. Pero las relaciones sociales entre los cánidos y los seres humanos que comparten esas tumbas no pueden resolverse de manera definitiva mediante estos análisis. Los mismos datos podrían explicar a los perros como compañeros queridos, símbolos de estatus apreciados o como algo completamente diferente. Al considerar las distintas posibilidades, debería obligarme a ir más allá de las hipótesis extraídas de mi limitada visión del mundo. Aquí es donde debe intervenir nuestra imaginación como arqueólogos.

Lo que la arqueología exige de los investigadores es una reflexión cuidadosa sobre las historias que contamos acerca de los muertos, del pasado y de nosotros mismos.

Lo que la arqueología pide a todos es una apertura hacia mundos alternativos. Comprender que nuestra sociedad, con sus maneras de trabajar, adorar, aprender, amar e incluso de conocer a un perro, es apenas una de las infinitas posibilidades humanas y más allá de lo humano.

Sapiens. Traducción: Clara Veldrán

Antropologías
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Observatorio de ciencias antropológicas.

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