
por ANAND PANDIAN – Universidad Johns Hopkins
Esta pieza está dedicada a mi profesor Donald Moore, quien me introdujo en la antropología y me dio una noción de su entorno.
El año es 1940. Claude Lévi-Strauss se desempeña como oficial de enlace para las Fuerzas Expedicionarias Británicas estacionadas en el norte de Francia. Con poco que hacer en el idilio ominoso de estos primeros meses de guerra con Alemania, Lévi-Strauss pasa el tiempo en largas caminatas por el campo. En uno de esos días, su atención se desvía hacia un diente de león en un campo de hierba. “De repente me sentí impresionado de la manera más vívida”, relató más tarde, “por la sensación de que la estructura maravillosamente regular de este objeto no era y no podía ser el trabajo de una sucesión de causas independientes, sino que algún tipo de principio organizador era necesario” (Akoun et al. 1972).
Un encuentro casual con una flor: tal fue el germen, al parecer, de un movimiento intelectual que galvanizaría las ciencias humanas del siglo veinte, el método que llegamos a conocer como estructuralismo.
La historia, que Lévi-Strauss contó en muchas ocasiones, destaca por muchas razones. Consideren la escala minúscula de este evento, frente al telón de fondo de época de la Segunda Guerra Mundial. O el hecho de que esboza un encuentro entre actores humanos y botánicos, en lugar de un encuentro solo entre humanos. O la sensación de que un acontecimiento cotidiano en el mundo podría servir como fuente de una idea profunda.
Lévi-Strauss acababa de regresar a París desde Brasil el año anterior, con su equipaje repleto de artefactos y pilas de fotografías y notas de campo. Ahora, estos entornos de tiempos de guerra en los que se vio sumergido de repente eran similares a la experiencia etnológica, reflexionaría más tarde. ¿Podría tomarse esta conversación con un diente de león como una experiencia de trabajo de campo? ¿Qué podría decirnos sobre cómo aprendemos, en antropología, de los entornos de nuestro trabajo?
“La noción de entorno a menudo presupone una comprensión muy específica de los contextos en los que vivimos, lo que cuenta en primer lugar como el entorno que vale la pena atender y proteger, en contraste con la vasta gama de cosas que la antropología ha considerado como parte de los mundos de la vida humana”, observa la antropóloga Shoko Yamada en un intercambio que ella y yo tuvimos hace unos años (Pandian y Yamada 2020). Y, de hecho, lo que practicamos en nombre de la antropología es un tipo peculiar de ambientalismo, un método empírico radical que toma las circunstancias del mundo como la base de nuestro conocimiento.
La antropología nunca se ha interesado en los seres humanos en abstracto. Por el contrario, nuestro campo ha insistido desde hace mucho tiempo en que no hay forma de entender nada sobre las personas en ningún lugar sin prestar una atención rigurosa a sus circunstancias reales, sus mundos de la vida y las texturas ricamente detalladas de esos contextos específicos. No hay manera de producir una comprensión adecuada de lo que podría suceder en un medio humano particular sin prestar atención a una infinidad de detalles sobre todos los demás elementos humanos y no humanos, vivos y no vivos, que pueblan, animan y motivan ese mundo de la vida.
En A Possible Anthropology, hablo de este enfoque como un “método de experiencia”, una forma de aprender a prestar atención a lo que no esperamos encontrar (Pandian 2019). Prestamos mucha atención a los acontecimientos inesperados —sus texturas experienciales y ambientales— como la base de una forma inusual de conocimiento y ética, una manera de salir al encuentro del mundo con interés y capacidad de respuesta. He visto que esto sucede una y otra vez a través de los caminos de mi propio trabajo. Aquí hay un ejemplo.
En el verano y otoño de 2016, comencé a trabajar en un nuevo proyecto de investigación sobre el problema de la contaminación por plástico. Ese agosto, realicé un viaje de investigación a Hawái, donde me reuní con varios activistas, artistas y científicos que trabajaban en los desafíos ambientales y culturales planteados por los omnipresentes desechos plásticos.
Los innumerables fragmentos de plástico en las playas y en las aguas costeras eran problemas obstinados. Pero igual de difíciles eran los compromisos culturales que anclaban el lugar de los productos plásticos desechables en la vida cotidiana de los consumidores: las ideas de higiene, conveniencia, limpieza y protección con las que estaban envueltas todas esas bolsas, cajas y contenedores. La ubicuidad de estas ideas tenía mucho que ver con la ubicuidad de este material. Y, como llegué a ver eventualmente, los desafíos se extendían mucho más allá de la esfera de la contaminación por plástico.
En esos mismos meses, la campaña presidencial de Donald Trump estaba ganando impulso. Aquí también había una retórica que insistía en la higiene y la contención, especialmente cuando se trataba de asuntos como la inmigración. El último día de agosto de 2016, Trump pronunció un discurso fundamental en Arizona sobre el tema de la inmigración, en el cual prometió comenzar a construir “un muro físico impenetrable en la frontera sur” desde el primer día de su presidencia, para contener los muchos peligros que atribuía falsamente a los migrantes.

No pude evitar pensar en las promesas vacías de limpieza y conveniencia que hacían las bolsas de plástico que veía a menudo esa semana en Honolulu, como la bolsa arrugada de Walmart impresa con una idílica escena isleña que encontré siendo arrastrada por el viento a lo largo de una acera. Lo que Lévi-Strauss había visto en un diente de león, yo lo vi en esa bolsa de plástico: el destello inesperado de una forma estructural.
Más tarde ese mismo día en Hawái, me reuní con Joy Leilei Shih, oceanógrafa y activista ambiental. Hablamos de las bolsas de plástico que ella había hecho campaña para prohibir, pero también de las barreras y fronteras que dividen a las personas entre sí. Sugerí que los contenedores de plástico formaban pequeños muros en comparación con el gran muro que Trump prometía. Ella encontró la comparación sutil y elusiva, y me aconsejó que encontrara la manera correcta de explicar esta idea.
En ese momento, todavía pensaba que estaba escribiendo un libro sobre el plástico, un libro que sigue sin escribirse. Cuando Trump ganó la presidencia, cambié el enfoque de mi investigación y terminé escribiendo otro libro en su lugar, sobre los muros cotidianos de la vida estadounidense que pueden ayudar a explicar el atractivo de ideas como el muro fronterizo (Pandian 2025). No habría podido escribir este libro sin comprender la naturaleza modelada de los muros y las divisiones de diferentes tipos, a diferentes escalas. Y fueron los desechos plásticos de nuestro tiempo los que primero me hicieron visible esta estructura.
Los muros fronterizos son fracasos de la imaginación ambiental, fundados en la idea imposible de una separación radical entre la vida interior y la vida exterior. Estoy agradecido por el ambientalismo de la antropología: su capacidad para enfrentar tales desafíos y su compromiso de pensar dentro y más allá de las circunstancias que confinan nuestras imaginaciones colectivas con demasiada facilidad.
Cultural Anthropology. Traducción: Maggie Tarlo