El futuro está en las ciudades

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por IAN GOLDIN – Universidad de Oxford

Vivimos tiempos tumultuosos. En tan solo unos pocos años fuimos testigos de un aumento de la política populista en todo el mundo, una pandemia mundial, un aumento de los desastres ambientales y un desgaste de las relaciones geopolíticas demostrado por la trágica guerra en Ucrania y la escalada de tensiones en Taiwán.

Todo eso ocurrió en un contexto de cambios tecnológicos dramáticos que están alterando fundamentalmente la forma en que trabajamos y nos relacionamos entre nosotros. Nuestro futuro está en juego. Las ciudades serán fundamentales para nuestro destino, por dos razones.

En primer lugar, ahora albergan a más de la mitad de la población mundial, una proporción que aumentará a dos tercios para 2050. Eso es algo nunca antes visto en la historia de la humanidad, y significa que las fuerzas que dan forma a la vida en las ciudades ahora también dan forma a nuestro mundo en su conjunto.

En segundo lugar, las ciudades a lo largo de la historia fueron los motores del progreso humano. Las ciudades son el lugar donde se encuentran las soluciones, pero también donde los peligros se amplifican cuando no actuamos.

Este artículo se basa en un libro del que soy coautor con Tom Lee-Devlin, Age of the City: Why our Future will be Won or Lost Together, publicado por Bloomsbury. Como destaca el subtítulo del libro, debemos asegurarnos de crear ciudades más inclusivas y sostenibles para que todas nuestras sociedades prosperen.

Las ciudades como sedes de la revuelta populista

La gran paradoja de la globalización moderna es que la disminución de la fricción en el movimiento de personas, bienes e información hizo que el lugar donde vives sea más importante que nunca. La apreciación de la complejidad de la globalización recorrió un largo camino desde principios de la década de 2000, cuando The World is Flat, del comentarista político estadounidense Thomas Friedman, y The Death of Distance, de la académica británica Frances Cairncross, capturaron la imaginación del público.

Ahora sabemos que, lejos de hacer que el mundo sea plano, la globalización lo volvió puntiagudo.

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La creciente concentración de riqueza y poder en las principales metrópolis urbanas está intoxicando nuestra política. La ola de política populista que envuelve a muchos países a menudo se basa en la ira contra las élites urbanas cosmopolitas. Esto se expresó a través del Brexit en Gran Bretaña y en el apoyo a los políticos antisistema en los Estados Unidos, Francia, Italia, Suecia y otros países.

Un hilo conductor de todos estos movimientos populistas es la noción de que los principales políticos, líderes empresariales y figuras de los medios de comunicación encerrados en las grandes ciudades decepcionaron al resto de sus países y perdieron interés en los lugares y las personas “dejadas atrás”.

Estas revueltas populistas contra las ciudades dinámicas tienen sus raíces en agravios reales basados en el estancamiento de los salarios y la creciente desigualdad.

Hace mucho tiempo que se necesita un esfuerzo de transformación para difundir las oportunidades económicas. Pero socavar las ciudades dinámicas no es la forma de hacerlo. Ciudades como Londres, Nueva York y París, y en el mundo en desarrollo Mumbai, Sao Paulo, Yakarta, Shanghái, El Cairo, Johannesburgo y Lagos, son motores de crecimiento económico y creación de empleo sin las cuales sus respectivas economías nacionales quedarían paralizadas.

Además, muchas de estas ciudades continúan albergando profundas desigualdades propias, impulsadas por viviendas extremadamente inasequibles y sistemas educativos defectuosos, entre otras cosas. También se encuentran en un estado de cambio, gracias al auge del trabajo remoto.

En lugares como San Francisco, las oficinas y las tiendas están sufriendo, los impuestos municipales están disminuyendo y los negocios que dependen de un tráfico intenso, desde peluquerías hasta músicos callejeros, están amenazados. También lo están los sistemas de transporte público, muchos de los cuales dependen de los desplazamientos masivos y siguen perdiendo dinero.

Todos los países, por lo tanto, necesitan urgentemente una nueva agenda urbana, basada en una apreciación del poder de las grandes ciudades, cuando se diseñan adecuadamente, no solo para impulsar la actividad económica y la creatividad, sino también para unir a personas de diferentes ámbitos de la vida, construir cohesión social y combatir la soledad.

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Pero nuestro enfoque debe extenderse más allá del mundo rico. Es en los países en desarrollo donde se está produciendo la mayor parte del crecimiento de las ciudades y de la población mundial. Superar la pobreza, abordar los Objetivos de Desarrollo Sostenible y abordar el cambio climático, las pandemias y otras amenazas requiere que encontremos soluciones en las ciudades de todo el mundo.

Ciudades del mundo en desarrollo

Los países en desarrollo ahora representan la mayoría de los habitantes de las ciudades del mundo, gracias a décadas de crecimiento urbano dramático.

En algunos casos, como China, la rápida urbanización fue resultado de un proceso de modernización económica que sacó de la pobreza a grandes sectores de la población. En otros, como la República Democrática del Congo, la urbanización y el desarrollo económico estuvieron desconectados, con la privación rural y la huida del peligro jugando un papel más importante en la migración a las ciudades que la oportunidad urbana.

De cualquier manera, las ciudades son ahora el lugar donde los pobres del mundo eligen vivir. Y muchas de sus ciudades son gigantes y superpobladas, con residentes que viven con demasiada frecuencia en condiciones espantosas.

Apreciar lo que está sucediendo en las ciudades del mundo en desarrollo es esencial si se quiere superar la pobreza. También es vital si queremos entender por qué las enfermedades contagiosas están regresando. Las pandemias modernas, desde el VIH hasta el Covid-19, tienen su origen en estas ciudades.

Las condiciones de hacinamiento coinciden con una serie de otras tendencias en los países pobres, incluida la rápida deforestación, la ganadería intensiva y el consumo de carne de animales silvestres, lo que aumenta el riesgo de que las enfermedades se transfieran de los animales a los humanos y se afiancen en la población.

A partir de ahí, la conectividad entre las ciudades del mundo, particularmente a través de los aeropuertos, las convierte en un catalizador para la diseminación mundial de enfermedades mortales. Eso significa que las pésimas condiciones de vida en muchas ciudades del mundo en desarrollo no solo son un problema humanitario y de desarrollo apremiante, sino también una cuestión de salud pública mundial.

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En los últimos dos siglos se lograron avances tremendos en la lucha contra las enfermedades infecciosas, pero la marea se está volviendo contra nosotros. Las ciudades serán el principal campo de batalla de la lucha que se avecina.

Las ciudades son también donde la batalla de la humanidad contra el cambio climático se ganará o se perderá. El aumento de los océanos, el agotamiento de los recursos hídricos vitales y las olas de calor urbanas pueden hacer que muchas ciudades sean inhabitables. Las ciudades costeras, que representan casi todo el crecimiento urbano mundial, son particularmente vulnerables.

Mientras que ciudades ricas como Miami, Dubái y Ámsterdam están amenazadas, las ciudades del mundo en desarrollo como Mumbai, Yakarta y Lagos son aún más vulnerables debido al costo del desarrollo de diques, sistemas de drenaje y otras medidas de protección.

Al mismo tiempo, las ciudades, que representan el 70% de las emisiones globales, estarán en el centro de los esfuerzos para mitigar el cambio climático. Desde el fomento del uso del transporte público y la adopción de vehículos eléctricos hasta el desarrollo de mejores sistemas de calefacción y gestión de residuos, es mucho lo que necesitan hacer.

Se dice que, en 1987, Margaret Thatcher declaró: “No existe tal cosa como la sociedad”, solo “hombres, mujeres y familias individuales”. De hecho, el Homo sapiens es una criatura social, y nuestra prosperidad colectiva depende de la fuerza de los lazos que nos unen. Si queremos sobrevivir a la agitación que se avecina, debemos redescubrir nuestra capacidad para actuar juntos. Desde su surgimiento, hace cinco milenios, las ciudades fueron fundamentales para ello. No podemos darnos el lujo de dejar que fracasen.

Fuente: The Conversation/ Traducción: Maggie Tarlo

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Observatorio de ciencias antropológicas.

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